Estamos cercan de las elecciones para escoger Presidente y Senado en Colombia y como cada cuatro años los líderes políticos inician con sus campañas y ahí es donde se suben a un avión y regresan a la provincia, la que muchos dejaron después de conseguir su curul.
Y en este país, que por algo le dicen el del ‘Sagrado Corazón’, se presentan nuevamente en cualquier barrio vulnerable y reparten apretones de manos a diestra y siniestra. Se vuelven frecuentes en redes sociales, junto a gente humilde, en barriadas populares o en veredas recónditas, y la gente, por algún misterioso motivo vuelve a caer otra vez más.
Los vecinos se sienten casi afortunados de tener al ‘doctor’ otra vez en sus barrios o veredas. Regresan las palmadas en la espalda, los saludos con nombres propios que el político ha repasado cuidadosamente con sus asesores. Los invade una suerte de amnesia colectiva. Olvidan que a estos personajes ahora tan simpáticos y dispuestos a ayudar, no se les vio cuando la ciudad estuvo sitiada dos meses, cuando los hospitales colapsaron por el nuevo coronavirus, cuando la gente imploraba por una ayuda.
Algunos, no todos por supuesto, son famosos por su mala fe, por ser ‘malas pagas’, incluso con sus propios ayudantes, con sus círculos cercanos, a quienes dejaron colgados con promesas en la última campaña. A fulano le prometieron un puesto en tal secretaría, a aquel otro lo ilusionaron con un contrato. Pero si te vi no me acuerdo. Eso sí, hubo fiesta, trago, comida y uno que otro cariño de 50 mil. No la pasaron mal durante las reuniones y los mítines, porque la ilusión lo colmaba todo. Había un gran ambiente, camaradería, y cuando salieron los resultados oficiales que lo daban como nuevo representante o senador, los ánimos alcanzaron su punto de ebullición, hicieron trizas las techumbres del directorio.
Se frotaron las manos, se abrazaron. Pero a partir de esa cúspide, para la mayoría de ayudantes, colaboradores, pegadores de carteles, conductores, aportantes, seguidores incondicionales, empieza un lento y amargo descenso, mitigado a veces por promesas, que se van espaciando, ya el ‘doctor’ ha cambiado de número y la secretaria no contesta.
Vuelven al mismo sitio de donde arrancaron, con las manos vacías y un horizonte en blanco. Pero es tanta la desesperanza, que dos años después, como perros apaleados, vuelven a moverle la cola al amo ingrato. “Bienvenido doctor”. Y se sienten de nuevo importantes, presumen con su familia y amigos y el ciclo se vuelve a repetir.

