Los Diablos Rojos resucitan en el momento exacto y se meten en octavos con el corazón en la mano
Después de una fase de grupos que casi los manda a casa antes de tiempo, Bélgica encontró su mejor versión en el peor momento posible y lo hizo de la manera más dramática imaginable. La victoria 3-2 ante Senegal en el alargue fue mucho más que un resultado: fue la confirmación de que este equipo tiene carácter cuando las espaldas tocan la pared. De Bruyne fue el mejor jugador del partido con una actuación que recordó al mejor mediocampista del mundo que es, Lukaku apareció con los goles que tanto le habían faltado en la fase de grupos y Tielemans cerró el capítulo con un penalti que liberó toda la tensión acumulada en semanas de críticas y dudas sobre el futuro del proyecto belga.
Lo más significativo del triunfo es lo que significa psicológicamente para un vestuario que llegó al partido con el agua al cuello tras sumar apenas dos puntos ante equipos que no debían complicarlos. Sobrevivir a una remontada de 0-2, aguantar el desgaste del tiempo extra y convertir el penalti definitivo requiere una fortaleza mental que Bélgica no había mostrado antes en este torneo. Ahora esperan a Estados Unidos en octavos, el anfitrión que viene de ganar con comodidad pero que también ha mostrado vulnerabilidades. Los Diablos Rojos llegan al cruce con más dudas que certezas sobre su fútbol, pero con la certeza de que en los partidos de eliminación directa este equipo no muere hasta el último minuto.

