Un informe de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU) advierte que el planeta ha entrado en una “quiebra hídrica global”, una situación inédita en la que muchos sistemas de agua dulce han cruzado un punto de no retorno. Según el documento, la demanda humana ha superado durante décadas la capacidad natural de recarga de ríos, lagos y acuíferos, agotando reservas que tardaron siglos en formarse y comprometiendo seriamente el futuro del agua a nivel mundial.
El informe señala que esta quiebra es consecuencia directa del consumo excesivo, especialmente por la agricultura intensiva, el crecimiento acelerado de las ciudades y la industria, la contaminación de las fuentes hídricas y el impacto del cambio climático, que ha intensificado las sequías, aumentado la evaporación y alterado los patrones de lluvia. Todo esto ha debilitado el sistema hídrico global hasta un punto crítico.
Kaveh Madani, autor principal del estudio, compara la situación con una cuenta bancaria en números rojos: durante años se ha retirado más agua de la que se repone, hasta agotar el “ahorro” natural. El resultado es una deuda hídrica que la humanidad ya no puede pagar y cuyos efectos se sienten hoy en múltiples regiones del mundo.
Los datos del informe reflejan la magnitud del problema: el 75 % de la población mundial vive en países con escasez o inseguridad hídrica, más de la mitad de los grandes lagos del planeta se están secando, cerca de 2.000 millones de personas viven en zonas donde el suelo se hunde por la sobreexplotación de aguas subterráneas, y en los últimos 50 años se han perdido humedales equivalentes a toda la superficie de la Unión Europea.
La crisis del agua no se limita a un problema ambiental local, sino que tiene profundas implicaciones económicas y geopolíticas. La agricultura, responsable de alrededor del 70 % del consumo de agua dulce, es el principal foco de presión. Cuando falta agua en una región productora, los efectos se trasladan a los mercados globales a través del aumento de los precios de los alimentos, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria y la estabilidad de las economías.
El informe subraya que el agua conecta territorios distantes: la escasez en un lugar puede traducirse en hambre o inflación en otro. Por eso, la quiebra hídrica es presentada como un riesgo sistémico global, no como una suma de crisis aisladas.
Ante este escenario, la UNU plantea un cambio de enfoque: no se trata solo de gestionar una crisis, sino de aprender a gestionar la quiebra. Esto implica redefinir la relación con la naturaleza, transformar los sistemas agrícolas, distribuir de manera más justa un recurso cada vez más limitado y proteger los ecosistemas que aún permiten la producción y regulación del agua.
Finalmente, el informe señala que la Conferencia del Agua de la ONU 2026 será un momento clave para impulsar este “rescate hídrico”. Aunque muchos acuíferos ya no puedan recuperarse, el mensaje es que todavía es posible proteger cada gota disponible y adaptarse a una nueva realidad, aprendiendo a vivir con menos agua, pero de manera más sostenible y equitativa.




