El 6 de enero, día central del Carnaval de Negros y Blancos de Pasto, nos mostró todas las cosas buenas que tiene este evento lleno de magia y color, situaciones llenas de risas, diversión, alegría y mucho humor.
Turistas boquiabiertos
Nos encontramos en esa fecha tan especial con turistas provenientes de diferentes países, convencidos que las ruanas eran de uso obligatorio, hasta para ir al baño.
Apenas aparecieron las primeras carrozas, los visitantes quedaron boquiabiertos, con la boca tan abierta que casi les cabe un cuy asado completo. Dragones andinos, diablos sonrientes y figuras gigantes de colores desafiaban toda lógica europea. Un alemán preguntó si las carrozas tenían motor nuclear, mientras una francesa juraba que eso no lo había visto ni en París… ni con vino encima.
Baile aunque no baile
En la Plaza de Nariño, la escena era aún más digna de crónica. Los turistas intentaban bailar al ritmo de las comparsas, siguiendo las enseñanzas pacientes —y algo burlonas— de los pastusos. ¡Baile gringo, no sea chuchinga! le gritaba un espontáneo instructor de danza a un mono ojiazul que parecía matando cucarachas, al lado de la estatua de Don Antonio
Un canadiense trataba de mover los pies, pero parecía más bien esquivar baldosas invisibles. “¡Así no, mijo, más suelto!”, le gritaban, mientras él asentía como si entendiera, aunque claramente no entendía nada y mucho menos, en lo referente a bailar salsa.
Pero no había manera de salvarse, puesto que en esas apareció un grupo de pastusos, quienes decidieron que era el momento preciso para alegrar el ambiente”. Fue así como en el centro de la plaza, frente a la estatua, apareció un parlante que sonaba a carnaval adelantado.
—¡Vea pues, muévale! —gritó un señor con ruana señalando a un par de turistas rubios que miraban el piso como si esperaran instrucciones del suelo.
Los extranjeros sonrieron con pánico educado. Uno levantó los brazos como espantando palomas, las que en efecto, se asustaron. el otro intentó seguir el ritmo… de algo… que claramente no entendía. Los pastusos aplaudían felices.
—¡Eso, eso! ¡Como trompo zarandengue! —animaba una señora mientras giraba con una precisión que desafiaba las leyes de la física y del frío.
Un turista japonés sacó su celular pensando que era una coreografía ancestral; una francesa preguntó si eso era zumba espiritual. Nadie respondió: ya estaban todos bailando.
En cinco minutos, la plaza parecía una licuadora cultural: pasos inventados, risas sin traducción y pastusos orgullosos enseñando que en Pasto no se pregunta si sabes bailar… se baila y ya, porque esa es una de las leyes inquebrantables del Carnaval de Negros y Blancos de Pasto.
Los infaltables chistes
Lo más difícil para los extranjeros no fue el baile, sino los chistes pastusos. Un grupo de ingleses escuchó atentamente un cuento y, al no captar el remate, río cinco segundos después, por si acaso. Un español preguntó si los chistes venían con subtítulos, y un pastuso muy serio le respondió: “Sí, pero solo para los que ya los entendieron”.
Al final del día, cubiertos de espuma y confusión cultural, los turistas se declararon felices. No entendieron todos los chistes, no bailaron bien y jamás supieron cómo sobrevivieron al frío y al sol al mismo tiempo, situaciones climáticas que se vivieron ese mismo día. Pero se fueron convencidos de una cosa: en Pasto, el Carnaval no se explica… se baila, se ríe y se vive, aunque no se entienda nada.




