Según Juan Carlos Robles Camargo, docente de Ingeniería Industrial de la Universidad de América, el incremento del salario mínimo en un 23,7% para 2026 ha reactivado un clima de inquietud entre empresarios y trabajadores. Las reacciones no se han hecho esperar: advertencias sobre aumento del desempleo, traslado de costos al consumidor, cierres empresariales e incluso llamados a reversar la medida. El debate, sin embargo, parece atrapado en una lectura reducida del problema.
La pregunta de fondo es otra: ¿es realmente el aumento del salario mínimo el problema central para las empresas colombianas o estamos dejando pasar una oportunidad para repensar nuestros modelos productivos?
La mayoría de los análisis difundidos se concentran en variables macroeconómicas tradicionales —inflación, desempleo y costos laborales—, fundamentales pero insuficientes para comprender el impacto real de esta decisión. Desde la ingeniería industrial, el foco se amplía: productividad, eficiencia operativa, diseño de procesos y gestión del cambio son variables igualmente determinantes.
En muchas organizaciones persisten ineficiencias estructurales invisibles: reprocesos, desperdicios, tiempos muertos, cadenas de suministro poco optimizadas y una baja incorporación de tecnologías analíticas. En ese contexto, cualquier aumento en los costos laborales se percibe como una amenaza inmediata. No porque el salario sea insostenible en sí mismo, sino porque los sistemas productivos no están preparados para absorberlo.
De allí que el aumento del salario mínimo pueda leerse como un punto de inflexión. Obliga a revisar procesos, adoptar enfoques de mejora continua y fortalecer la inversión en investigación, desarrollo e innovación (I+D+i). Herramientas como la ingeniería de métodos, la calidad total, los sistemas LEAN, la economía circular y los modelos de redes de valor global permiten reducir desperdicios, optimizar recursos y mejorar la competitividad sin trasladar automáticamente los costos al consumidor.
A este esfuerzo se suma el uso estratégico de la inteligencia artificial y los modelos predictivos, que hoy facilitan una toma de decisiones más precisa en planeación, mantenimiento, logística y control de inventarios. No se trata de automatizar por moda, sino de diseñar sistemas productivos más inteligentes, resilientes y sostenibles.
El desafío mayor no es técnico, sino cultural. Persisten visiones que conciben la inversión como un gasto y privilegian resultados inmediatos sobre beneficios sostenibles. Cambiar este paradigma implica entender que dignificar el trabajo, aumentar la productividad y reducir el impacto ambiental no son objetivos contradictorios, sino complementarios.
El salario mínimo no debería analizarse solo como una cifra, sino como una señal. Una señal de que el país necesita empresas más eficientes, trabajadores mejor formados y decisiones estratégicas de largo plazo. En lugar de concentrarnos únicamente en el costo, el verdadero reto es preguntarnos qué tan preparados estamos para producir mejor.
Como suele ocurrir en los procesos de transformación, apresurarse a cobrar los costos del cambio puede llevar a conformarse con menos de lo que realmente se puede lograr. El aumento del salario mínimo no es el final del camino; puede ser el inicio de una industria más competitiva, innovadora y humana.
En sus 70 años, la Universidad de América reafirma su compromiso con una formación que no se limita a describir los problemas del país, sino que aporta miradas críticas, técnicas y propositivas para transformarlos. El aumento del salario mínimo, lejos de ser solo una amenaza, puede convertirse en una oportunidad para que la industria colombiana dé el salto que durante años ha postergado.




