Para Sergio Ramírez Tafur, Docente del programa de Economía – Universidad de América, en los últimos años, varios gobiernos han recurrido al aumento de aranceles como estrategia para equilibrar su balanza comercial. La lógica es simple: si un país importa más de lo que exporta, encarece los productos extranjeros para reducir compras. Sin embargo, esta medida tiene efectos económicos claros: los exportadores pierden mercados y los consumidores terminan pagando precios más altos, reduciendo su capacidad de consumo.
Cuando estas decisiones provienen de grandes economías, como Estados Unidos, el impacto es global. Pero cuando se dan entre países vecinos, como Colombia y Ecuador, las consecuencias se sienten con mayor fuerza en el comercio binacional, especialmente para los exportadores.
Aquí surge una pregunta clave: si la globalización ha guiado la economía mundial por más de un siglo, ¿por qué algunos países optan por políticas que la contradicen? La respuesta depende de si existe —o no— un acuerdo comercial vigente.
En el caso colombiano-ecuatoriano, sí existe: ambos países hacen parte de la Comunidad Andina (CAN). Este acuerdo establece un arancel externo común y prohíbe modificaciones unilaterales. En particular, los artículos 86 y 95 del acuerdo señalan que ningún país puede alterar el libre comercio sin autorización de la Secretaría General. Por tanto, cualquier aumento unilateral de aranceles por parte de Ecuador podría constituir un incumplimiento del tratado y ser objeto de reclamación internacional.
Además, el derecho internacional contempla el principio de reciprocidad, que permite a un país responder con medidas equivalentes si recibe un trato comercial restrictivo. Esto significa que, ante aranceles impuestos por Ecuador, Colombia podría aplicar gravámenes similares a productos ecuatorianos.
Más allá del debate jurídico, estas tensiones tienen un impacto directo en la vida cotidiana: encarecen los productos, afectan el empleo y reducen las oportunidades para los exportadores. En ese contexto, las disputas comerciales reflejan un síntoma preocupante: una globalización que, lejos de fortalecerse, parece entrar en una etapa de retroceso.




