Apertura fronteriza

En el año de 2013 murió Hugo Chávez, y pasó al poder Nicolás Maduro, desde ese momento se incrementó la migración venezolana
Álvaro Moreno

Por: Alvaro Moreno Díaz

En el año de 2013 murió Hugo Chávez, y pasó al poder Nicolás Maduro, desde ese momento se incrementó la migración venezolana hacia nuestro país y en las diferentes regiones comenzamos a ver oleadas de caminantes que, cargados de maletas, huían de una nación en crisis.

En esos momentos todos los colombianos de buen corazón nos entristecíamos, veíamos estupefactos esas imágenes de padres y madres con sus hijos en caravanas, la gente en esa época apoyaba y colaboraba a nuestros hermanos venezolanos.

Hubo un momento en que las relaciones con el vecino país se volvieron tan álgidas que se cerró la frontera entre los dos países, cabe anotar que esto data del 2015, después de una crisis diplomática con el gobierno colombiano, Maduro ordenó cerrar el paso de vehículos en la frontera con Colombia y en el 2018 el gobierno venezolano expulsó a funcionarios consulares.

Esto produjo que migrar, sobretodo de Venezuela a Colombia se volviera una odisea, los cierres de las fronteras se vuelven un problema ya que el peligro es latente, comienzan los grupos supuestamente que ‘ayudan’ a los ciudadanos a pasar por trochas, personas necesitadas de escapar de una realidad socioeconómica complicada.

Es así como la migración en nuestra frontera con el Ecuador era más apoyada, las entidades estaban prestas para dar una mano en esta masiva migración y los nariñenses apelando a nuestra solidaridad daban una mano para menguar en algo la tristeza de las personas que dejaban atrás su país.

Actualmente la migración de venezolanos se sigue presentando, pero al parecer los habitantes de las zonas de frontera, hemos normalizado tanto la situación que, la mendicidad, el desarraigo social y el ser extraños en otro país, ya no nos parece tan raro y se ha invisibilizado la problemática.

Los migrante siguen en las calles, caminando como fantasmas sin rumbo por las calles, cargados de maletas y cubriéndose con cobijas raídas del inclemente frio de esta región andina, los barrios y grupos de voluntarios ya no hacen ‘aguapaneladas’ para paliar el hambre de los visitantes, en los diferentes sectores se los ve como intrusos, en alguna ocasión observe un anuncio con una sentencia discriminatoria: ‘Aquí no se arrienda a venezolanos’.

La diáspora venezolana, nos enseña a ser más empáticos, comprendiendo todo lo que encierra la palabra, comprender y entender la situación del otro, ponernos en los zapatos del prójimo y no criticar, cuestionar e incomodarse por una situación que los hizo abandonar su hogar y que ellos no pidieron.

La migración masiva, el desplazamiento, el desarraigo si bien son atendidas por entidades públicas y privadas, también nos deben poner a pensar que nosotros como comunidad podemos poner nuestro granito de arena para ayudar, que nos alegre la unión otra vez de los dos países hermanos con la apertura nuevamente de la frontera formal, pero que no nos sintamos aliviados, como algunas personas lo están, de que se devuelvan para su tierra todos los migrantes del vecino país venezolano.

La interculturalidad, el intercambio de saberes y experiencias, es algo que, en muchas regiones del mundo, ha servido para que se fortalezca la unión y la tolerancia de que necesitamos al otro para vivir, debemos ver al visitante como lo que es, alguien que nos puede enseñar de su conocimiento e ir creando experiencias nuevas que nos ayuden conjuntamente a progresar.

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