A pocas semanas de las elecciones presidenciales del 31 de mayo en Colombia, el país vuelve a enfrentarse a una preocupante señal de alerta que no puede ser ignorada. La democracia, ya de por sí tensionada por la polarización política, se ve amenazada por hechos que evocan los momentos más oscuros de la violencia electoral. Las recientes amenazas de muerte contra la candidata de la oposición, Paloma Valencia, constituyen un hecho grave que exige no solo el rechazo unánime, sino acciones contundentes por parte del Estado.
El episodio que ha encendido todas las alarmas es particularmente inquietante: la recepción de un sufragio con el mensaje “Descanse en paz”. Este tipo de intimidación, cargado de simbolismo macabro, no solo busca silenciar a una candidata, sino enviar un mensaje de miedo a todo el espectro político. Es un recordatorio de que la violencia sigue siendo un actor latente en la vida pública del país.
Frente a esta situación, resulta destacable el rechazo inmediato y contundente de distintos sectores políticos, incluidos aquellos con profundas diferencias ideológicas. El candidato oficialista, Iván Cepeda, fue enfático al calificar estas amenazas como un atentado directo contra la democracia. Su postura refleja una comprensión clara: cuando se amenaza a un candidato, se amenaza el derecho de los ciudadanos a elegir libremente.
A este rechazo se sumaron figuras como Abelardo de la Espriella, Sergio Fajardo, Claudia López y Roy Barreras, quienes coincidieron en que no puede haber espacio para la intimidación ni la violencia en un proceso electoral. Este consenso, aunque mínimo, es fundamental en un momento en el que la institucionalidad debe prevalecer sobre cualquier diferencia política.
El Gobierno Nacional, por su parte, reaccionó a través del ministro de Defensa, Pedro Sánchez, quien anunció una recompensa de mil millones de pesos para quien suministre información que permita identificar a los responsables de estas amenazas. Si bien esta medida es necesaria, también plantea interrogantes sobre la capacidad real del Estado para prevenir estos hechos antes de que ocurran.
La preocupación no es infundada. Colombia aún tiene fresca en su memoria la violencia política que ha cobrado la vida de líderes y candidatos. El precedente más reciente y doloroso es el asesinato del senador y excandidato presidencial Miguel Uribe Turbay, ocurrido el año pasado, presuntamente a manos de grupos armados ilegales. Este hecho no solo truncó una vida, sino que dejó una herida abierta en la democracia colombiana.
Aún más preocupante es el contexto familiar y político que rodea este caso. Miguel Uribe Londoño, padre de la víctima, es actualmente uno de los 13 candidatos presidenciales, lo que añade un componente adicional de tensión e inseguridad al proceso electoral. La historia reciente demuestra que las amenazas no son simples advertencias vacías, sino potenciales antesalas de tragedias.
Por ello, el llamado es claro e inaplazable: se deben reforzar de manera urgente las medidas de seguridad para todos los candidatos presidenciales. No se trata de privilegios, sino de garantías mínimas para el ejercicio democrático. La protección de quienes aspiran a dirigir el país es, en última instancia, la protección del derecho ciudadano a elegir sin miedo.
Colombia no puede permitirse retroceder a épocas en las que la violencia definía el rumbo político. Este es el momento de reafirmar el compromiso con la vida, el respeto y la democracia. Las amenazas contra Paloma Valencia no son un hecho aislado; son una advertencia que debe ser atendida con toda la seriedad que merece.
El país está ante una encrucijada: permitir que el miedo se imponga o defender con firmeza los principios democráticos. La respuesta debe ser unánime y contundente. La democracia colombiana no puede ni debe ser intimidada.



