Como no han cambiado las costumbres políticas heredadas de la Colonia señorial cuando los criollos compraban los títulos de Señor Don para acceder a algún cargo público o simplemente para disfrutar viendo por encima del hombro a los pobres de solemnidad que desfilaban de últimos en las procesiones porque eran pobres almas devotas.
Cada que hay elecciones, recuerdo la historia de un candidato quien para las elecciones regalaba una bota antes de las elecciones y después de ellas entregaba la pareja o la coteja para que no lo faltonearan y obviamente el elector cumplía, porque nada hacía con una bota.
Pero el tema nos traslada al negocio electoral de comprar votos más que la conciencia porque la necesidad no tiene cara de vergüenza, tiene que vender el voto en contra de su voluntad a fin de obtener beneficio material que se sobrepone a la conciencia, entonces, las almas devotas propiamente dichas, o sea los que han hecho votos de pobreza, de castidad y de obediencia están ahí pendientes de la oportunidad para recibir u obtener algo que el cielo aún no le depara.
Las autoridades cada vez pierden más el control de los mecanismos de soborno al elector con dineros de dudosa factura, obligando a llevar votantes a cambio de un cargo o utilizando el presupuesto público como favor para recibir votos.
El control no llega hasta el gasto de cada candidato presidencial, menos a los consejos asambleas y alcaldías.
Así entonces, ganará quién tenga más dinero -plutocracia- para comprar los votos, así la conciencia del electorado se remuerda de la rabia e impotencia de no poder votar por quienes su inteligencia y su conciencia le dicte, porque sería desleal, recibir dinero y no votar por quien le da la plata.
Poncio Pilatos, para lavarse las manos puso al pueblo a escoger entre Barrabás el ladrón y Jesucristo el profeta y la gente prefirió a Barrabás y desde ese entonces el pueblo engañado ha seguido eligiendo a ladrones. No todos claro está.
Pero no hay día en que no se destape en Colombia un acto de corrupción en donde se cumple la advertencia de Sor Juana de la Cruz de que “es tan culpable quien peca por la paga, como quien paga por pecar”.

