Padre Narciso

Adviento: vigilancia y oración

Comenzó el tiempo de adviento, momento fuerte del ritmo cristiano. Es la preparación inmediata a la navidad. Velando en oración, nos situamos, desde la fe. Pues el “hoy” de la salvación constituye también un perenne adviento o venida del Señor en los acontecimientos personales, familiares, eclesiales y sociales de cada día.

Necesitamos aguante para no desfallecer. A veces nos pesa mucho la vida, y en las horas bajas buscamos apoyo en los demás, pero en el ambiente que nos circunda palpamos con dolor el silencio de Dios. Nos rodea la indiferencia religiosa, la ambigüedad y confusión de valores, la injusticia social y el clamor de los pobres, el desencanto de muchos, el agnosticismo o el ateísmo declarado de no pocos, e incluso el desprecio a las creencias cristianas.

Sin duda, todo esto constituye una dura prueba, una noche oscura, un toque de alerta a nuestra fe, y también una ocasión de madurar nuestra esperanza renovada si acudimos al Señor en la oración vigilante. A pesar de todo y no obstante nuestra miseria sin fondo, Dios sale siempre al encuentro de quien lo busca con sincero corazón. Es la revelación consoladora y central del evangelio de Jesús.

Vigilancia y oración han de ir unidas. Toda la vida cristiana debe ser un perenne adviento de vigilancia y oración contra las tentaciones diarias que anticipan ya el combate final. Oración y vigilancia son actitudes básicas del cristiano, verdaderas virtudes “cardinales”, eje y quicio de una vida animada por la fe y la esperanza.

El supremo modelo de vigilia y oración alertada es Cristo en su agonía de Getsemaní, por contraposición al sueño y embotamiento de sus discípulos. Por eso les aviso: “Velad y orad para no sucumbir a la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. Ya antes, cuando Jesús les enseñó la oración sublime del padrenuestro, entre sus siete peticiones la sexta dice: No nos dejes caer en tentación.

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Vigilancia y oración se apoyan mutuamente, porque son virtudes hermanas e inseparables. La oración sostiene la fe y la esperanza vigilante, manteniendo nuestro contacto y diálogo con Dios, como hacía Jesús. Todo el entramado de la vida teologal del discípulo de Cristo se expresa y resume en la oración. Es, pues, la oración el mejor remedio contra la somnolencia y la modorra espirituales que nos privan de la agudeza, de la sensibilidad y de los reflejos cristianos para discernir la hora de Dios en nuestra vida personal y comunitaria.

La expectación dinámica que suscita el adviento no tiene parada final en la navidad, sino que continúa viaje hasta la vuelta definitiva del Señor. Pero esto no es una coartada para desentendernos del mundo presente. ¿Creemos en Dios? Creamos también en el hombre, amando a nuestros hermanos como Dios los ama en Cristo. Él viene viniendo. Ya resuenan sus pasos cerca de nosotros. Que nos encuentre en la vigilancia de la fe y en la oración de una vida dedicada a amar a los demás.