La mañana del pasado miércoles trajo consigo una noticia que cortó el aliento a todos los que, de alguna manera, conocían la voz de Miguel Ángel Kawasango Realpe. La ciudad de Pasto, conocida por su calidez y su gente, despertó con una sensación de vacío profundo, esa sensación que solo provoca la partida de un ser querido, de alguien cuya presencia marcó la vida de miles, sin importar si lo conocían en persona o solo lo escuchaban a través de la radio.
Miguel Ángel, un nombre que en Nariño era sinónimo de compromiso, pasión y entrega absoluta, nos dejó demasiado pronto. Su vida, dedicada al servicio de la radio y al corazón de la comunidad, se apagó inesperadamente, y con su partida, la radio regional perdió una de sus voces más emblemáticas. Esas voces que, a lo largo de los años, se convierten en compañeras de toda una región, en amigas intangibles que nos acompañan en los momentos de soledad, de alegría y, en ocasiones, en los más difíciles.
Calidez humana
Quienes tuvieron la oportunidad de compartir con Miguel Ángel saben que más allá de su indiscutible talento frente al micrófono, había un ser humano excepcional, de esos que nunca se olvidan. Su voz no solo informaba, sino que contagiaba entusiasmo, transmitía calidez y generaba esa sensación de cercanía, como si siempre estuviera al otro lado de una conversación amical. Su risa, su forma de comunicarse, su manera de poner pasión en cada palabra, hicieron de él un comunicador único en su género.
El dolor por su partida se siente con fuerza en cada rincón de Nariño. En las oficinas de las emisoras, donde su figura solía ser una constante presencia, hoy se vive un silencio pesado. En las calles de Pasto, donde su voz parecía resonar desde los altavoces, ahora solo queda el eco de sus recuerdos. Para todos los que lo conocieron, no es solo un periodista que se fue, sino una parte fundamental de una comunidad que aprendió de él la importancia de la verdad, de la dedicación y del respeto por el prójimo.
Sin limites
Miguel Ángel fue mucho más que un periodista. Fue un amigo, un confidente, un padre y un esposo que puso siempre a los demás por encima de sí mismo. En sus programas, no solo hablaba de noticias o de sucesos; hablaba del alma de Nariño, de su gente, de sus historias. Y lo hacía con un amor profundo que solo los verdaderos comunicadores poseen. Su compromiso con la verdad no tenía límites, y esa pasión por su oficio era evidente en cada emisión. Sin embargo, fue su enorme calidad humana lo que hizo que su voz fuera escuchada y querida por tantos. Hoy, con el micrófono en silencio, su legado vive en el recuerdo colectivo. Su pasión por la radio, por la gente y por su región será siempre parte de la memoria de quienes tuvimos el privilegio de conocerlo. Su partida nos deja una profunda tristeza, pero también nos deja una enseñanza invaluable: que la radio, como cualquier otra forma de comunicación, es mucho más que un medio. Es una forma de tocar el corazón de las personas, de acompañarlas y de ser parte de su vida cotidiana. Y Miguel Ángel lo hizo con una entrega absoluta.




