Jonathan Alexander Espana Eraso

El desierto de la página en blanco

Por: Jonathan Alexander España Eraso

El extranjero puede serlo por hablar una lengua distinta, por estar en un lugar ajeno al que nació o, simplemente, por poseer un sistema cultural otro, pero en algunos casos por la huella de una alteridad amenazante que queda tatuada, por ejemplo, en el cuerpo del texto como impronta de identidad. En ese sentido, la escritura (véase, por ejemplo, desde los postulados de los filósofos M. Blanchot y H. Cixous) es un extrañamiento: el que ella misma experimenta en relación con su llegada en el terreno de la página, que no es más que el hecho escritural que se hace camino.

Si se piensa la escritura en esa transformación, se puede decir que ella es un cuerpo, el tacto de quien escribe, que no se limita, y se destaca, y se va, se marcha y se manifiesta entre lejanías, y, por ello, es susceptible de estar fuera de sitio, con espacios y tiempos únicos. Ese motivo genera que la escritura se direccione por huellas, rastros del recuerdo, que cada vez producen un lugar habitable donde el escritor dona la palabra para que ésta se materialice como el referente que hace real lo imaginario.

Lo que reaparece en los márgenes de la página, se orienta en el silencio y se reconoce en él, con el fin de asediar lo otro que se reinventa en sus diferencias. Es así como quien escribe se recrea en el ritmo de lo que llega, en el tono de lo que les destina a sus lectores que es el horizonte edificado en la promesa.

«El escritor habita en lo impensado del movimiento de la luz que no es más que la búsqueda interminable en el desierto de la página en blanco».

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En la página escrita se dimensionan instantes de entrega que dan apertura a lo secreto de lo que se dice y se puede decir. Su evocación trasciende el peso de la memoria y crea formas de paso que nos permiten ser lo que no esperamos. Así lo que uno escribe se expone a un fondo de espectralidad: lo furtivo de lo escrito que llega, se pone en obra, siendo la obra la propia escritura cuya voz, que es el mar, crea una porosidad entre aliento y latido, que se asocia con la vida. Y es que, como lo sugiere Hugo Mujica, «hay que acoger el fulgor de la ausencia, / reflejar / el don de lo que no está en cada cosa que creamos».

Lo anterior permite pensar que lo indecible en la escritura se traduce desde la hospitalidad y la revelación que habitan entre las letras como animales invisibles que retornan al origen de la iluminación.

Aunque hay en todo esto un movimiento cauteloso. El inicio es el inicio de la escritura, pero ¿qué hay antes de lo escrito? Con el propósito de hallar la fuente creadora, lo escrito es la carnalidad de las palabras y la escritura se manifiesta como la tierra desnuda, el despeje, la claridad que se da en su articulación, en su sustitución, en las frases que relampaguean en lo que desertamos.

De todas maneras, el escritor habita en lo impensado del movimiento de la luz que no es más que la búsqueda interminable en el desierto de la página en blanco.