Por: Mons. Juan Carlos Cárdenas Toro
Lucas 15 es uno de los capítulos más profundos y conmovedores acerca de la misericordia de Dios ante las miserias humanas. Son 3 parábolas: la oveja perdida, la moneda perdida, el hijo perdido. El protagonismo lo tiene el amor de Dios que no da a nadie por perdido.
Fijemos la mirada en lo que Jesús nos quiere comunicar:
1. Uno vale tanto como 99
Parece un error matemático. Pero estamos hablando de la lógica de Dios. En la primera parábola el escenario es: un pastor tenía 100 ovejas y una se pierde. Sin dudarlo, deja las 99 y va en busca de la perdida.
Jesús nos enseña que el Padre Dios no se conforma con los que le aman y están siempre con él. Se pone en movimiento al alejado. En Jesús Dios se revela en movimiento hacia el ser humano que se ha distanciado de Dios. Como Iglesia los creyentes debemos ser comunidad en salida. No podemos ser una Iglesia encerrada o conformista conservando los muchos o pocos que tenga fieles sino ocupada de conectarse con aquellos que hoy tienen una vida distante de Dios.
2. Todos cuentan
La segunda parábola describe a una mujer que tiene 10 monedas y al perder una barre toda la casa hasta encontrarla. Y al hacerlo comparte con sus amigas la alegría de recuperarla.
Así es Dios: no hay nadie tan insignificante que no valga el esfuerzo de moverlo todo hasta encontrarlo. Para Dios no existen los irrecuperables, o los desechables.
Como discípulos de Jesús no nos quedemos en las apariencias, conectémonos con el corazón de los demás, especialmente los descartados de la sociedad. Desde el amor De Dios démosle respeto y dignidad.
3. Solo espera el regreso
La última parábola es la del hijo menor que reclama a su padre la herencia y se aleja para dilapidar lo que se le entregó. Cae tan bajo que incluso quiere comer el alimento de los cerdos. Y en ese estado, cuando nada le queda siente el deseo de volver a casa. Con temor lo hace y lo que encuentra supera lo que espera.
Así es Dios. No le interesan las justificaciones, solo que volvamos para colmarnos de amor y darnos dignidad. Es como si dijera al que ha caído: levántate que yo creo en ti; ten la valentía de creer también en ti mismo.
Como sus discípulos, seamos una Iglesia – comunidad de puerta, corazón y brazos siempre abiertos para abrazar a quienes regresan. Cuidado con el síndrome del buen hijo que se indigna ante la presencia del hijo perdido que vuelve. Sepámonos alegrar también como lo ha hecho Dios con nuestro propio regreso.




