Los habitantes de este país, desde que se dio la partida para el inicio de las campañas electorales para presidente, asistimos a diario como espectadores convocados a no solo ver sino que también a participar de la lapidación de un impuro, apostata, hereje, blasfemos, lujurioso o culpable de algo peor que todo eso, comunista. Como no se había visto desde los tiempos del senador Joseph McCarthy, recordado en los Estados Unidos por haber desatado entre los años 1950 y 1956 la más dura campaña de desprestigio en contra de políticos y personajes del ámbito cultural adversos a su ideología conservadora, por lo que convirtió la palabra comunista en señalamiento si no delictivo, vergonzoso. Hoy sobre este suelo se hace lo mismo de cuando el famoso senador en su afán por a acabar con el comunismo o cualquier cosa que se le pareciera no reparo en métodos y estrategias, recurrió a todos los medios y no se detuvo a pensar en los limites de sus acciones, por lo que bien se hablo entonces de una nueva cacería de brujas, cacería que vuelve a verse, pero a lo colombiano.
El término con el que se calificó la persecución a los señalados por el dedo de McCarthy, cacería de brujas, más que un calificativo fue un llamado a no volver otra vez a convertir los estrados de la justicia en pira donde se pone a arder inocentes, como sucedió en los mismos Estados Unidos, en la época de la colonia, cuando en Salen, una pequeña aldea del hoy Estado de Massachusetts, colonos fanáticos puritanos liderado por el reverendo Parris torturaron, enjuiciaron y condenaron a morir en la hoguera por brujería a 14 mujeres y 5 hombres, mientras que a no menos de 300 acusados se mandaron y mantuvieron en prisión.
Muchos se han preguntado sobre las causas que han llevado a que comunidades como las de Salem hayan permitido este exceso en el uso de la justicia humana y divina. Todavía se interroga por los motivos tanto del orden psicológico como social que pueden encauzar el comportamiento de las muchedumbres hacia la exigencia de un castigo en contra de lo que de pronto un líder político, como lo es en el caso de McCarthy o espiritual en lo referido a Salem, decide marcar como peligroso.
Son muchas las teorías que lo explican como parte de una histeria colectiva, en situaciones en las que desde la pobreza hasta el abandono llevan a creer en que las causas de esa pobreza y ese olvido no pueden ser sino el resultado de un castigo divino, de una maldición proveniente de almas perversas al servicio del mal encarnado en brujas y brujos, en perjuros y ateos.
Creencias que se alimentan y mantienen con fuertes dosis de fe en la palabra de aquel que asume el liderazgo en estas comunidades convirtiéndose en el juez implacable contra todo cuanto represente al mal. Una especie de Abadón, aquel ángel del apocalipsis mandado por Dios para luchar contra satanás. Solo que aquel que lo descubierto por los historiadores que han ahondado en la búsqueda de la razón de estos juicios han encontrado que aquel que se autodenomina para ejercer como acusador y juez supremo, aparte de ser el pastor de una iglesia o líder de un movimiento político. Es también el que va recaudando para él los bienes incautados a los condenados, aparte de cobrar venganza por cualquier pendencia no resuelta con un vecina o vecina, cuando no cobra en el cuerpo de su víctima el desdén que ésta y aquella mujer le mostraron cuando por él fueron pretendidas.
¿Cuánta verdad existe en todo de cuanto se acusa al señalado de ser engendro del demonio? Solo su acusador lo sabe y calla sonriente.
Por: Ricardo Sarasty.

