El regreso a las aulas no es por este año un suceso cualquiera, ni para los estudiantes, ni para la familia y claro que también para los docentes. Comenzando porque el dejar de asistir a ellas fue una acción abrupta, pues nadie la esperaba y mucho menos que se prolongara por tanto tiempo dejando la sensación de que algo quedaba inconcluso en todos los campos relacionados con la vida escolar.
De la noche a la mañana, así como suena, las aulas, los colegios, las calles se vaciaron de jóvenes y niños que vestidos con sus uniformes iban y venían con su morral lleno de útiles para el estudio, las tareas, los planes para desarrollarse durante la jornada en la institución escolar y también por fuera de ella durante la tarde en un parque, una cancha, la casa del compañero o compañera o en el mismo plantel, solo que sin la tutela de los profesores.
De un día para otro todo quedó en suspenso en las aulas y más que en las aulas en la vida de los profesores y estudiantes. Solo que a muchos en esta parte la historia se interrumpió y se quedaron ahí y el sentimiento de pérdida los acompañará con la incertidumbre de no poder saber nunca lo que pudo haber sido y nunca fue.
Mientras los otros, los que regresan traen la esperanza de poder encontrar, si no todo, algo de lo que dejaron la mañana anterior a aquella en la que ya no pudieron salir más hacia su salón de clases, estar en su pupitre y ante sus profesores.
Caminar o correr por los patios, sentados en las gradas o sobre el prado de la cancha. Ahora vuelven a confirmar que si entendieron, quizá con un poco de horror, la metáfora aquella de Heráclito que pone a pensar en el porqué nadie se baña dos veces en el mismo río. Pues una vez de nuevo allí en donde un día a todo se le dijo que esperara, comprobaran que todo fluye y cambia porque forma parte del tiempo que también siempre va y nunca se detiene.
A pesar de que lo más ansiado por todos, padres, profesores y estudiantes, es que ese montón de ayeres solo hubiesen sido los segundos de un sueño y que, al despertar de él, este lunes, la vida debería de continuar con la misma sensación de cuando se tiene el recuerdo de una vaga imagen perdida por allá entre la sombra de una mala noche.
Pero como se aprende del decir popular, no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla, se vuelve a pisar el sendero que conduce al colegio, más de uno con zapatos nuevos ya que los comprados el año de la pandemia se quedaron al pie de la cama, a la espera de otros pies que los calce, pues para los cuales se compraron ya no cupieron dentro como sucedió con los pantalones y las faldas, la blusas, las camisas, las chaquetas y los suéteres que deben de vestir otra vez afanosos de salir para llegar antes de que suene el timbre y junto con la niña o el niño con el cual es rico caminar hablando o hablar caminando, esperar el bus y sentarse uno al lado del otro sintiendo el abrigo y el sonido de las palabras ahí y no allá como pasaba con la computadora y el celular.
Esta vez, a diferencia de esas otras mañas, la experiencia les enseñará el significado de la vida y podrán responder si alguien llegara a preguntarles ¿Qué es sentirse vivo?
Vuelven los niños para decirlo en palabras de Don Bosco, al patio, las aulas y la parroquia. A ser amigo, estudiante y ciudadano.
Por: Ricardo Sarasty.




