Los incendios forestales dejaron de ser un problema concentrado principalmente en las zonas mediterráneas de Europa. Durante 2026, el aumento de las temperaturas, los periodos secos y las condiciones meteorológicas favorables para la propagación del fuego han incrementado la preocupación en regiones que históricamente habían tenido un riesgo menor, entre ellas partes del Reino Unido, Irlanda, Europa central y el sur de Escandinavia.
Ante este escenario, distintas agencias y organismos del sistema de Naciones Unidas han reforzado iniciativas de capacitación, evaluación de riesgos, prevención y gestión integrada del fuego. El objetivo no consiste únicamente en preparar a los cuerpos de emergencia para apagar incendios, sino también en mejorar la capacidad de los países para identificar riesgos antes de que ocurran las emergencias y reducir sus consecuencias sobre la población, los ecosistemas y las economías locales.
La preocupación coincide con una temporada particularmente intensa. De acuerdo con datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, más de 600.000 hectáreas habían ardido dentro de países de la Unión Europea durante los primeros ocho meses de 2026. Aunque la cifra se encontraba por debajo de la registrada durante el mismo periodo de 2025 —el peor año de la serie—, seguía muy por encima del promedio de aproximadamente 280.000 hectáreas correspondiente a las últimas dos décadas.
El riesgo comienza a desplazarse hacia regiones tradicionalmente más húmedas
Durante décadas, los grandes incendios forestales europeos estuvieron asociados especialmente con países mediterráneos como España, Portugal, Francia, Italia y Grecia. Sin embargo, el cambio en las condiciones climáticas está ampliando las zonas donde pueden producirse incendios de gran magnitud.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que las condiciones extremadamente secas han elevado el riesgo en diferentes partes de Europa occidental y central, además de las islas británicas y el sur de Escandinavia. Esto no significa que estas regiones estén convirtiéndose literalmente en territorios mediterráneos, sino que están experimentando con mayor frecuencia periodos suficientemente cálidos y secos para que la vegetación pueda arder y el fuego pueda propagarse rápidamente.
El fenómeno tiene una explicación relacionada con varios factores. La actividad humana continúa siendo responsable de una gran proporción de los incendios europeos, ya sea por accidentes, negligencias o acciones deliberadas. Sin embargo, el clima determina en gran medida qué tan rápido puede avanzar un incendio, qué intensidad puede alcanzar y qué tan difícil resulta controlarlo.
Las temperaturas elevadas, las sequías prolongadas, los vientos fuertes y la vegetación seca crean una combinación especialmente peligrosa. Cuando existe suficiente combustible vegetal disponible, incluso una fuente de ignición relativamente pequeña puede desencadenar un incendio difícil de controlar.
La Comisión Europea también ha señalado que el cambio climático está contribuyendo a que los incendios sean más frecuentes y destructivos, razón por la cual durante 2026 se reforzaron las medidas europeas de prevención, preparación, respuesta y recuperación.
El incendio que puso a Escocia bajo presión
Uno de los ejemplos más claros del nuevo escenario ocurrió durante julio de 2026 en las montañas Cairngorms, en Escocia.
El incendio se produjo después de un periodo de condiciones excepcionalmente secas. La situación fue especialmente complicada porque las llamas penetraron en una capa seca de turba, generando focos y reactivaciones que dificultaron las labores de control.
Más de 500 bomberos participaron en las operaciones, apoyados por medios aéreos y maquinaria utilizada para construir cortafuegos. Nueve días después del inicio del incendio, los fuertes vientos llevaron las llamas hacia la localidad de Nethy Bridge, por lo que las autoridades declararon un incidente grave y evacuaron a parte de sus aproximadamente 600 habitantes.
La emergencia no terminó rápidamente. El Servicio de Bomberos y Rescate de Escocia tardó más de un mes desde el comienzo del incendio en retirar oficialmente a los equipos que permanecían trabajando en la zona.
El caso resulta significativo porque demuestra que el problema no se limita a los países que tradicionalmente han enfrentado grandes incendios forestales.
Irlanda y Escandinavia también aparecen en el nuevo mapa de riesgo
Expertos citados por la OMS han advertido sobre el incremento de la preocupación por los incendios en las zonas altas y atlánticas de Irlanda y Escocia, además de diferentes territorios del norte y centro de Europa.
El investigador Will Hayes, del Leverhulme Centre for Wildfires, Environment and Society del Reino Unido, explicó que estas regiones no están adquiriendo las mismas condiciones climáticas del Mediterráneo, pero sí están registrando con mayor frecuencia periodos durante los cuales la vegetación alcanza niveles de sequedad suficientes para arder y permitir la propagación del fuego.
Esto obliga a modificar una percepción histórica: que los bosques verdes y los territorios húmedos son prácticamente inmunes a los incendios.
Durante un periodo prolongado sin lluvias, acompañado de temperaturas altas y viento, la vegetación puede perder rápidamente humedad. Si posteriormente aparece una fuente de ignición, el comportamiento del fuego puede ser muy diferente al esperado para una región tradicionalmente húmeda.
La ONU apuesta por preparar a los países antes de las emergencias
La respuesta internacional está pasando progresivamente de concentrarse únicamente en la extinción hacia una estrategia más amplia de gestión integrada del fuego.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha desarrollado, mediante el Global Fire Management Hub, iniciativas de capacitación y formación relacionadas con prevención, alerta temprana, comportamiento del fuego y toma de decisiones.
En abril de 2026, la FAO presentó un curso de aprendizaje electrónico denominado “Basic integrated fire management tools for early warning and decision-making”, orientado a fortalecer las capacidades prácticas de profesionales, responsables de políticas y otros actores involucrados en la gestión de incendios. El programa aborda herramientas para evaluar el peligro de incendio y utilizar sistemas de alerta temprana para mejorar la toma de decisiones.
Además, en junio, la FAO y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) realizaron una serie de seminarios técnicos sobre la relación entre las condiciones climáticas, El Niño y la gestión integrada del fuego. La iniciativa reunió a participantes de diferentes partes del mundo para analizar cómo incorporar los pronósticos climáticos en los sistemas nacionales de preparación y planificación.
La FAO también ha promovido encuentros internacionales en los que especialistas, instituciones públicas y organizaciones vinculadas con el manejo de incendios intercambian conocimientos sobre prevención, monitoreo y respuesta.
La OMS incorpora los incendios forestales a la preparación sanitaria
El problema tampoco se está abordando únicamente desde la perspectiva forestal.
La OMS considera que los incendios forestales y el calor extremo constituyen riesgos crecientes para la salud pública. El humo puede afectar la calidad del aire y aumentar la presión sobre los sistemas sanitarios, mientras que las evacuaciones, las lesiones, las interrupciones de servicios y los daños a infraestructura pueden generar consecuencias que van mucho más allá de la superficie quemada.
Para ayudar a los países a prepararse, la OMS utiliza su metodología STAR, una herramienta destinada a realizar evaluaciones estratégicas de riesgos con participación de diferentes sectores gubernamentales.
Desde 2018, la OMS ha realizado 38 talleres nacionales de evaluación estratégica de riesgos en la Región Europea, incorporando amenazas relacionadas con el clima, las emergencias y la salud pública. Durante 2026, Chipre e Irlanda completaron sus primeros talleres nacionales de este tipo, incluyendo entre los riesgos analizados las olas de calor y los incendios forestales.
La finalidad es que las autoridades sanitarias no esperen a que ocurra una emergencia para determinar qué hospitales, servicios de emergencia, sistemas de comunicación y poblaciones vulnerables podrían verse afectados.
También se necesita capacitación para prevenir, no solamente para apagar
La gestión moderna de incendios forestales incluye numerosas actividades anteriores al momento en que aparecen las llamas.
Entre ellas se encuentran la identificación de zonas de alto riesgo, el manejo de la vegetación, la creación y mantenimiento de cortafuegos, la planificación de evacuaciones, la vigilancia mediante satélites y otros sistemas de observación, los mecanismos de alerta temprana y la coordinación entre organismos de emergencia.
La Comisión Europea presentó en marzo de 2026 un enfoque integrado para la gestión del riesgo de incendios forestales que contempla precisamente cuatro componentes: prevención, preparación, respuesta y recuperación.
La Comisión también anunció para el verano de 2026 un refuerzo de los recursos europeos, con 777 bomberos de 14 países preparados para ser desplegados en zonas de alto riesgo de seis países del sur de Europa. La estrategia incluye además aeronaves, expertos en emergencias y actividades de formación.
Aunque estos despliegues están dirigidos principalmente a las regiones con mayor riesgo inmediato, forman parte de una tendencia más amplia de cooperación europea que permite compartir conocimientos y capacidades entre países.
La UNECE advierte que los incendios son cada vez más costosos
La Comisión Económica de las Naciones Unidas para Europa (UNECE) también ha incorporado el aumento de los incendios forestales a su agenda.
En agosto de 2026 publicó el informe “Wildfires in the UNECE Region: Response and Prevention”, en el que advierte que los incendios están aumentando en frecuencia, severidad y costos en buena parte de la región.
El documento destaca que sus efectos no se limitan a los bosques. También pueden afectar la salud pública, la biodiversidad, las infraestructuras, las economías locales y la estabilidad climática.
La UNECE plantea fortalecer la gestión sostenible de los bosques, la restauración de paisajes, la planificación territorial considerando el riesgo de incendios y el uso de tecnologías como la teledetección, la inteligencia artificial y los sistemas de alerta temprana.
El enfoque supone un cambio importante: en lugar de esperar a que un incendio alcance una magnitud crítica, los gobiernos pueden invertir previamente en reducir la cantidad de combustible vegetal, mejorar los sistemas de vigilancia y preparar a las comunidades.
El impacto económico puede ser mucho mayor que el costo de apagar un incendio
Los incendios forestales también representan un problema económico.
Cuando un incendio de gran magnitud obliga a evacuar poblaciones, destruye viviendas, afecta carreteras o interrumpe actividades productivas, el costo no se limita a los recursos utilizados por bomberos y aeronaves.
También aparecen pérdidas relacionadas con agricultura, turismo, transporte, comercio, infraestructura energética y actividades forestales. A esto se suman los costos sanitarios derivados de la exposición al humo y los gastos posteriores de restauración de las zonas afectadas.
La UNECE señala precisamente que las consecuencias económicas de los incendios abarcan las economías locales, además de infraestructura, salud y ecosistemas.
Por esta razón, la capacitación y la prevención pueden convertirse en herramientas económicas además de ambientales. Una mayor preparación permite detectar incendios antes, organizar evacuaciones con mayor rapidez y utilizar de manera más eficiente los recursos disponibles.
El problema también tiene consecuencias para la agricultura y los alimentos
Los incendios pueden destruir cultivos, pastizales, infraestructura agrícola y zonas de producción ganadera. También pueden deteriorar el suelo y modificar temporalmente las condiciones ambientales de una región.
Cuando una zona productiva pierde parte de su capacidad, pueden aparecer interrupciones en la oferta de determinados productos. En algunos casos, esto puede aumentar la necesidad de adquirir mercancías procedentes de otras regiones o países.
La dimensión económica, por tanto, está conectada con la seguridad alimentaria y con la capacidad de cada territorio para mantener sus propias cadenas productivas.
¿Qué relación tiene esto con Colombia y la compra de productos nacionales?
Aunque la noticia está centrada en Europa y no significa que Colombia deba dejar de importar, el fenómeno permite abordar un asunto económico importante para el país: el equilibrio entre las compras externas y el fortalecimiento de la producción nacional.
Importar no es necesariamente negativo. Colombia necesita comprar en otros países maquinaria, tecnología, materias primas, equipos especializados y determinados bienes que no produce o que no puede producir de manera competitiva en suficiente cantidad. De hecho, las importaciones de bienes de capital e insumos pueden contribuir a la productividad de empresas nacionales.
El problema aparece cuando las importaciones sustituyen de manera significativa a productos que Colombia tiene capacidad de producir competitivamente, especialmente si esto debilita empresas, proveedores y empleos nacionales.
El Banco de la República explica que las importaciones forman parte normal de la economía y que algunos insumos extranjeros incluso permiten reducir costos de producción. Sin embargo, también señala que, cuando aumentan las importaciones y disminuyen las exportaciones, las exportaciones netas tienen un efecto negativo sobre la demanda agregada.
¿Qué ocurre cuando se compra un producto importado que también se fabrica en Colombia?
La diferencia puede entenderse siguiendo la cadena económica.
Cuando una persona compra un producto fabricado en Colombia, una parte del dinero puede circular entre diferentes actores nacionales: el fabricante, sus trabajadores, proveedores de materias primas, transportadores, comerciantes y otros servicios asociados.
Si ese producto es reemplazado por uno importado, una mayor proporción del gasto termina pagando producción realizada en otro país. El importador, distribuidor y comerciante colombiano pueden seguir obteniendo ingresos, pero desaparece o se reduce la demanda correspondiente a la fabricación nacional cuando el producto extranjero sustituye directamente a uno local.
Esto puede tener efectos sobre:
- La producción nacional: las empresas colombianas reciben menos demanda.
- El empleo: una menor producción puede reducir la necesidad de trabajadores en determinadas actividades.
- Los proveedores locales: industrias pequeñas y medianas pueden perder clientes.
- La inversión: si las empresas perciben menor demanda, pueden aplazar ampliaciones de capacidad.
- Los encadenamientos productivos: disminuye la actividad de empresas que suministran materias primas, empaques, transporte y servicios.
- La balanza comercial: si las compras externas crecen más rápidamente que las ventas al exterior, aumenta el déficit comercial.
En julio de 2026, por ejemplo, Colombia registró importaciones por US$7.968,1 millones, un aumento de 22,9 % frente a julio de 2025, según DANE y DIAN. Las manufacturas representaron el 72,5 % del valor total de las importaciones de ese mes.
En el mismo mes, las exportaciones fueron de US$4.690,7 millones, con un crecimiento anual de 5,9 %.
La diferencia contribuyó a que Colombia registrara en julio un déficit comercial de US$2.797,8 millones, frente a US$1.694,2 millones en julio de 2025.
Estas cifras no significan que todas las importaciones sean perjudiciales ni que el déficit comercial sea causado exclusivamente por el consumo de productos extranjeros. La balanza comercial responde a múltiples factores, entre ellos los precios internacionales, la tasa de cambio, la demanda interna, la inversión, las necesidades de insumos y las condiciones de los mercados externos.
Comprar productos colombianos puede fortalecer las cadenas productivas
Cuando existe una alternativa nacional competitiva, la compra de productos fabricados en Colombia puede contribuir a mantener activa la cadena productiva local.
El Ministerio de Comercio, Industria y Turismo ha señalado que fortalecer la producción nacional puede aumentar la utilización de la capacidad instalada, consolidar encadenamientos productivos y contribuir a la generación y sostenibilidad del empleo.
Esto resulta especialmente relevante para pequeñas y medianas empresas, que suelen depender del mercado interno para mantener sus operaciones.
Sin embargo, fomentar la producción nacional no significa cerrar la economía ni eliminar las importaciones. Una estrategia económica equilibrada puede buscar que las importaciones aporten tecnología, maquinaria, insumos y bienes que complementen la producción colombiana, mientras se fortalecen aquellos sectores en los que existe capacidad para producir localmente.
Importar también puede ser positivo para Colombia
Es importante hacer esta distinción para evitar una conclusión incorrecta.
Una economía moderna no puede producir absolutamente todo lo que consume. Las importaciones permiten acceder a productos, tecnologías y materias primas que pueden ser difíciles o costosos de fabricar internamente.
Por ejemplo, una empresa colombiana puede importar una máquina especializada y utilizarla para fabricar productos destinados al mercado nacional y a la exportación. En ese caso, la importación puede aumentar la capacidad productiva del país en lugar de sustituirla.
El propio Banco de la República reconoce que las empresas colombianas utilizan insumos importados y que los cambios en los precios de estos productos pueden modificar sus costos de producción.
Por eso, el debate económico no debería reducirse a “importar es malo” frente a “producir nacionalmente es bueno”. La cuestión central es determinar qué se importa, para qué se importa, qué capacidad productiva existe en Colombia y qué efectos genera cada tipo de compra sobre productividad, empleo, inversión y competitividad.
El desafío es fortalecer la producción sin aislar al país
La experiencia europea con los incendios forestales muestra cómo los gobiernos pueden prepararse ante riesgos que anteriormente parecían menos probables.
En el ámbito económico colombiano ocurre algo parecido: fortalecer las capacidades internas puede reducir determinadas vulnerabilidades, pero eso no significa eliminar la cooperación internacional ni el comercio exterior.
En el caso de los incendios, la ONU, la OMS, la FAO y la UNECE están impulsando herramientas de capacitación, evaluación de riesgos, prevención y cooperación precisamente porque ningún país puede depender únicamente de la respuesta cuando la emergencia ya comenzó.
Para Colombia, una lógica semejante puede aplicarse al desarrollo productivo: aprovechar el comercio internacional, pero al mismo tiempo aumentar la capacidad de las empresas nacionales para producir bienes competitivos, incorporar tecnología, generar empleo y participar en cadenas de mayor valor.
Europa enfrenta una nueva etapa de preparación
El avance del riesgo de incendios hacia zonas del norte y centro de Europa está obligando a países que históricamente se consideraban menos expuestos a desarrollar nuevas capacidades.
El caso de Escocia demuestra que un territorio tradicionalmente húmedo también puede enfrentar incendios prolongados cuando coinciden sequedad, altas temperaturas y viento. Irlanda, el Reino Unido, el sur de Escandinavia y otras áreas de Europa occidental y central están incorporando progresivamente estos escenarios a sus sistemas de preparación.
La respuesta de las Naciones Unidas y sus agencias se concentra cada vez más en la prevención, la capacitación, los sistemas de alerta temprana, la evaluación de riesgos y la coordinación entre sectores.
El mensaje central es que la lucha contra los incendios forestales no comienza cuando aparecen las llamas. Empieza mucho antes, con bosques mejor gestionados, comunidades preparadas, sistemas de vigilancia, servicios de emergencia capacitados y autoridades capaces de anticipar los efectos sobre la salud, la economía y el territorio.
Y mientras Europa adapta sus sistemas ante una amenaza que avanza hacia regiones tradicionalmente menos expuestas, el desafío para otros países, incluida Colombia, consiste en fortalecer sus propias capacidades de prevención y producción para reducir vulnerabilidades y responder mejor a los cambios ambientales y económicos que pueden afectar a sus comunidades.


