Organización Mundial de la Salud considera que El Niño no es solamente un fenómeno meteorológico: al modificar las temperaturas y las precipitaciones, puede alterar factores fundamentales para la salud, como el acceso al agua y los alimentos, los medios de vida, la calidad del aire y la continuidad de los servicios sanitarios.
El vínculo con la salud mental suele producirse de manera indirecta y acumulativa:
- Desastres y trauma. Las inundaciones, incendios, tormentas y otros eventos asociados a El Niño pueden provocar pérdidas de viviendas, lesiones, desplazamientos y separación de familias. Después de una inundación, por ejemplo, una revisión sistemática de 2026 encontró mayores probabilidades de TEPT, depresión y ansiedad, y señaló que los efectos pueden persistir durante años.
- Sequía, pérdidas económicas e incertidumbre. Cuando disminuyen las lluvias, pueden perderse cosechas, ganado o fuentes de ingresos. Esa inseguridad económica y laboral puede convertirse en estrés crónico, ansiedad, depresión y sensación de pérdida de control. La evidencia sobre cambios climáticos de evolución lenta relaciona particularmente las sequías y la transformación de los ecosistemas con angustia psicológica, ansiedad y depresión.
- Calor extremo. El calor no solo afecta al organismo; también puede agravar problemas de salud mental preexistentes y se ha asociado con un mayor uso de servicios hospitalarios por determinados trastornos psiquiátricos.
- Inseguridad alimentaria y del agua. El Niño puede alterar la producción de alimentos y la disponibilidad de agua. La preocupación permanente por conseguir comida, agua o ingresos añade una carga psicológica que puede mantenerse incluso después de que termine el episodio climático.
- Desplazamiento y ruptura de redes sociales. La migración forzada puede separar a las personas de sus comunidades y sistemas de apoyo. La OMS señala que el desplazamiento relacionado con fenómenos climáticos constituye un factor de riesgo para estrés, trauma, ansiedad y TEPT.
- Ansiedad y duelo climático. No es necesario haber sufrido directamente un desastre para experimentar malestar. La preocupación por el futuro, la pérdida de lugares o formas de vida y la percepción de que los riesgos continuarán pueden generar ansiedad, duelo y frustración.
¿Qué tiene de particular El Niño?
El Niño funciona como un multiplicador de riesgos. Sus efectos no son idénticos en todos los lugares: dependiendo de la región y de la intensidad del episodio, puede favorecer sequías, lluvias intensas, inundaciones, calor extremo o incendios. Por eso, el impacto psicológico depende también de la pobreza, la exposición previa a desastres, la calidad de las viviendas, el acceso a servicios de salud y la fortaleza de las redes comunitarias.
En las Américas, la Organización Panamericana de la Salud advierte que el episodio de El Niño 2026–2027 puede afectar simultáneamente la seguridad alimentaria, el agua, los medios de vida, la infraestructura y los servicios sanitarios, con consecuencias tanto físicas como mentales.
La evidencia científica reciente refuerza la dimensión del problema: una revisión y metaanálisis de 49 estudios de 25 países encontró asociaciones importantes entre exposición a riesgos climáticos y síntomas de ansiedad, depresión, TEPT y estrés psicológico, aunque los resultados presentan una heterogeneidad considerable entre poblaciones y contextos.
En síntesis: El Niño puede afectar la salud mental no solo por el impacto traumático de un desastre, sino por una cadena de efectos —calor → pérdida de ingresos → inseguridad alimentaria → desplazamiento → ruptura de redes sociales → estrés prolongado— que puede extenderse mucho después de que desaparezca el fenómeno meteorológico. Por ello, la preparación frente a El Niño debería incluir apoyo psicosocial y salud mental junto con las medidas de emergencia física.




