Un recorrido por la microcuenca Taminango puso sobre la mesa problemas de contaminación, vertimientos y falta de cultura ambiental. Corponariño y las comunidades buscan ahora convertir el diagnóstico en acciones de protección.
En las montañas de Catambuco, donde el agua sostiene buena parte de la vida de las comunidades rurales, existe una discusión que va mucho más allá de garantizar que el líquido llegue a los hogares: cómo proteger las fuentes que lo producen y evitar que terminen contaminadas.
Ese fue uno de los asuntos que quedó sobre la mesa durante un recorrido por la microcuenca Taminango, realizado con participación de profesionales de Corponariño y líderes y lideresas del corregimiento de Catambuco, municipio de Pasto.
La jornada permitió identificar, según el reporte de la autoridad ambiental, tres situaciones que requieren atención: contaminación, vertimientos y ausencia de cultura ambiental. Más que un listado de problemas, se trata de factores que pueden comprometer la calidad de las fuentes hídricas y dificultar la tarea de quienes administran los acueductos comunitarios.
El problema empieza antes de abrir la llave
La discusión sobre el agua suele concentrarse en la prestación del servicio. Sin embargo, para los acueductos comunitarios el desafío comienza mucho antes, en las condiciones de la microcuenca donde se encuentran las fuentes de abastecimiento.
Corponariño cuenta entre sus instrumentos de gestión con procesos relacionados con la conservación y manejo sostenible del recurso hídrico, así como con programas dirigidos a los usuarios del agua y a las juntas administradoras de acueductos.
En el caso de Catambuco, la propia información disponible de la autoridad ambiental advierte que el territorio cuenta con numerosas quebradas y señala problemas relacionados con la protección de sus rondas hídricas.
Por eso, la protección de una fuente de abastecimiento no depende únicamente de construir o mantener una bocatoma. También implica controlar lo que ocurre aguas arriba, prevenir vertimientos, conservar las zonas de protección y conseguir que quienes viven y producen en el territorio entiendan que sus actividades tienen consecuencias sobre el agua.
Las juntas administradoras, en el centro de la discusión
El recorrido también pone en evidencia el papel que cumplen las juntas administradoras de acueductos.
Estas organizaciones comunitarias no solo participan en la administración del servicio. La normativa ambiental reconoce responsabilidades de las organizaciones de usuarios relacionadas con el mantenimiento de las obras de captación, conducción y distribución, así como con el uso adecuado del recurso.
Pero fortalecer una junta no puede limitarse a entregarle responsabilidades. También requiere conocimiento técnico, acompañamiento institucional, capacidad de gestión y participación de la comunidad.
Ese parece ser precisamente el siguiente paso planteado en Catambuco: pasar del recorrido y la identificación de las problemáticas a una estrategia de formación y gestión ambiental participativa.
El verdadero reto es que el diagnóstico no se quede en el papel
Identificar contaminación y vertimientos es apenas el comienzo.
El siguiente interrogante es qué ocurrirá después del diagnóstico: ¿se determinará el origen de los vertimientos?, ¿se realizarán análisis de calidad del agua?, ¿se establecerán responsables cuando corresponda?, ¿se definirán acciones de recuperación y protección?, ¿qué compromisos asumirán las comunidades y las instituciones?
Esas respuestas son las que permitirán establecer si el proceso tiene capacidad real para transformar las condiciones de la microcuenca.
La experiencia de Corponariño en materia de ordenamiento del recurso hídrico muestra que la contaminación asociada a vertimientos de aguas residuales es un asunto que requiere planificación y acciones de recuperación y conservación.
En Catambuco, por ahora, el proceso parte de una identificación comunitaria de los problemas y de la decisión de trabajar conjuntamente en educación y gestión ambiental.
El desafío será convertir esa voluntad en resultados verificables: fuentes hídricas protegidas, vertimientos controlados, comunidades capacitadas y acueductos con mayor capacidad para administrar el recurso.
Porque cuidar el agua no comienza cuando sale por el grifo. Comienza mucho antes, en la microcuenca que la hace posible.

