Cada vez que la selección nacional o un Equipo de la DIMAYOR pisan la cancha, alguna región o el país entero se tiñen de un mismo color. En las gradas, el médico, el campesino, el estudiante y el comerciante abrazan al desconocido. Cantamos himno, perdonamos el error del árbitro y celebramos el gol como si fuera propio. Sin embargo, basta con cruzar la puerta del estadio y entrar a la plaza, o encender el televisor para ver el Congreso, para que esa magia colectiva se desvanezca en la trinchera política.
En el fútbol, incluso los rivales se estrechan la mano al final del partido. En nuestra política, el adversario no es un rival, es un enemigo a destruir. Hemos cambiado la táctica del juego en equipo por la estrategia del sálvese quien pueda. Nuestros líderes, en lugar de diseñar jugadas de visión nacional, se dedican a hacer faltas tácticas para detener, al contrario. Mientras el país enfrenta desafíos titánicos como la desigualdad, la seguridad y la reactivación económica, la clase política sigue disputando balones divididos en el mediocampo del insulto, el odio y la polarización.
Es paradójico que exijamos a nuestros deportistas un rendimiento del cien por ciento, sudor y disciplina, pero seamos condescendientes con una clase dirigente que juega con las reglas a su conveniencia. En el deporte, el talento sin trabajo en equipo no gana campeonatos. En la política colombiana, creímos que la pasión de las masas supliría la ausencia de un proyecto de Estado. Hoy, la factura de esa ingratitud nos la pasa la realidad: instituciones desgastadas, ciudadanos agotados de la grieta y una sociedad que se refugia en el deporte porque es el único espacio donde aún creemos en la meritocracia y el esfuerzo conjunto.
Como columnista de esta región que tanto ha sufrido el rigor de la historia, pero que siempre se levanta con la frente en alto, me pregunto: ¿cuál es el esquema táctico que necesitamos para el futuro? No podemos seguir jugando a la defensiva, reaccionando solo a los escándalos de turno y a las crisis.
La proyección de nuestro país exige un cambio de mentalidad; hoy tenemos un nuevo gobierno que esta por iniciar. Debemos entender que la verdadera copa no se levanta en las urnas cada cuatro años, sino en la construcción diaria de la confianza. Necesitamos políticos que tengan la humildad de ceder el balón, la visión de un director técnico que piensa en el largo plazo, y la garra de un delantero que no se rinde hasta el último segundo del juego.
Si logramos trasladar la fraternidad de los estadios a los debates del país, si entendemos que el color de la camiseta no define la dignidad de la persona, entonces sí estaremos jugando el partido más importante de nuestra historia nacional. Colombia no necesita más figuras individuales; necesita, con absoluta urgencia, un verdadero equipo. Solo así, cuando suene el pitazo final de esta larga y desgastante época de desencuentros, podremos mirar hacia el futuro con esperanza y saber que, por fin, ganamos todos los colombianos.
Por: Javier Recalde Martínez.




