Un nuevo estudio del Museo Van Gogh de Ámsterdam revela un detalle poco conocido de la trayectoria del célebre pintor neerlandés: Vincent van Gogh firmó únicamente 133 de los 840 cuadros conocidos, es decir, alrededor del 15 % de su producción. La investigación encontró una posible relación entre la frecuencia con la que estampaba su nombre y las distintas etapas de su autoestima, confianza artística y salud mental.
Van Gogh comenzó a utilizar la firma “Vincent” en 1884, varios años después de haber iniciado su carrera como pintor. En esa primera etapa todavía consideraba muchas de sus pinturas como simples ejercicios o “estudios”, pues sentía que aún estaba aprendiendo el oficio y era particularmente crítico con su propio trabajo.
La investigación señala que la decisión de firmar también estuvo relacionada con la percepción que el artista tenía sobre sí mismo. En sus cartas a su hermano Theo, Van Gogh expresó en diferentes ocasiones sus dudas sobre su identidad, su obra y la calidad de sus pinturas. Esa inseguridad habría influido en que muchas de sus creaciones quedaran sin su nombre.
El patrón cambia durante su permanencia en París y Arlés, entre 1886 y 1889. En esos años Van Gogh atravesó una etapa de mayor esperanza y productividad, mientras buscaba relacionarse con otros artistas y aumentar las posibilidades de vender y exhibir sus pinturas. Según la investigación, fue precisamente durante estos periodos cuando firmó sus obras con mayor frecuencia.
Sin embargo, posteriormente su situación emocional se deterioró. Durante su estancia en Saint-Rémy-de-Provence, donde permaneció internado aproximadamente un año, Van Gogh produjo 151 pinturas, pero firmó muy pocas. Entre las obras que quedaron sin su nombre se encuentra una de las más famosas de toda su carrera: ‘La noche estrellada’.
La relación entre firma y estado emocional también aparece durante sus últimos meses en Auvers-sur-Oise. Aunque trabajó de manera intensa y llegó a producir numerosas obras en aproximadamente 70 días, únicamente firmó dos. Para los investigadores, este comportamiento puede estar relacionado nuevamente con su autoestima y con la confianza que tenía en sus propias creaciones.
La firma no siempre tenía únicamente una función de identificación. En algunos casos, Van Gogh la incorporaba como parte de la composición artística. En Marina cerca de Les Saintes-Maries-de-la-Mer, por ejemplo, utilizó una llamativa firma roja porque buscaba introducir un elemento de ese color dentro de la pintura. En la serie de Los girasoles, su nombre también aparece integrado en la composición y siguiendo la curvatura del jarrón.
Uno de los casos más curiosos es ‘Los comedores de patatas’, obra que Van Gogh consideraba su primera gran obra maestra. Allí su firma está prácticamente escondida e integrada en el respaldo de una silla, hasta el punto de que actualmente resulta difícil distinguirla.
La ausencia de una firma no ha impedido establecer la autenticidad de la mayoría de las pinturas atribuidas al artista. Tras su muerte, gran parte de sus obras permaneció en manos de su familia y posteriormente fueron comercializadas por Johanna Bonger, viuda de su hermano Theo. Esta circunstancia permitió conservar información sobre muchas de las piezas que Van Gogh nunca llegó a firmar.
El estudio también aporta una herramienta para comprender mejor la personalidad del artista. Para los investigadores, la firma no debe interpretarse simplemente como una marca de autoría, sino como un elemento que en determinados momentos reflejaba orgullo, confianza, intención de exhibir una obra o incluso inseguridad sobre su propio trabajo.
Así, el análisis de las firmas de Van Gogh ofrece una nueva perspectiva sobre uno de los artistas más importantes de la historia del arte. Sus cuadros no solo permiten seguir la evolución de su estilo y su uso del color, sino también observar cómo su percepción de sí mismo y sus diferentes etapas emocionales pudieron quedar reflejadas, incluso, en la decisión de escribir —o no— su propio nombre sobre el lienzo.



