La caída de estatuas, pero no de sus significados, abre el debate sobre memoria, historia, identidad, cultura, pasado y futuro. Cayó el muro de Berlín, pero levantan muros en Israel y Estados Unidos. Tumbaron estatuas de Lenin, Hussein, Belalcázar, reina Isabel, Cristóbal Colón y hasta de Mi General Nariño, traductor de los Derechos del hombre tan venidos a menos, hasta las reliquias de Egipto, a Bolívar por haber masacrado pastusos olvidando que en las guerras la muerte es una opción difícil de evitar, las masacres en Colombia, hoy invitan a tumbar presidentes y generales.
El M-19 se robó la espada de Bolívar, símbolo de libertad, pero también los huesos de Agualongo, símbolo de sometimiento y oscurantismo.
En la avenida Panamericana tumbaron bustos de prohombres nariñenses; en la glorieta de las banderas tumbaron un cóndor, en la entrada al sur de Pasto permanece un monumento al campesino que parecen hipies italianos, un campesino de la salida al oriente está descabezado. Los canadienses tumbaron estatuas de la reina Victoria e incendiaron templos por el exterminio de niños indígenas, en Estados Unidos tumbaron a Jorge Washington, pero sigue en los dólares y en Francia tumbaron a Enrique IV.
Pero en muchos países permanecen estatuas de Bolívar, Rocky Balboa, Carlos Vives, Julio Jaramillo, Maradona y de caciques o héroes indígenas como en Guaitarilla. En Cali levantaron un puño como monumento, en homenaje a la resistencia.
Los chinos con más historia que nosotros se dedicaron a construir economía del conocimiento para el futuro y le bajaron a la necrofilia.
Hay muchas razones para resignificar espacios públicos que se debe hacer en democracia participativa, aunque este no sea el problema central de la actualidad. El cura Camilo Torres decía “para qué discutimos si el alma es mortal o inmortal cuando sabemos que el hambre, ese sí es mortal”.
Por: Chucho Martínez

