¿Qué pasa cuando se “muere en vida”?. Es decir, cuando siempre se ha vivido alrededor de un objetivo, sueño, amor, trabajo… y de un momento a otro este desaparece, y quedan manos vacías, una infinita soledad, un no saber qué hacer, una angustia existencial y un creer que nada tiene sentido en cada amanecer.
Si le ha pasado esto, podrá entender mejor esta sensación. Si no, por favor, evite llegar a ese estado, como sea.
Sé que esta reflexión es fuerte, y hasta cruel, pero real. Y rodeada de preguntas. Muchos dedican su vida a una causa específica y cuando ésta desaparece “mueren en vida”, porque su mundo los absorbió y no fueron capaces de vivir más allá de él. Se desubican, pierden su norte y piensan que no vale la pena seguir viviendo.
¿Qué pasaría con su vida si pierde aquello a lo que más se ha dedicado?. Y no me refiero a un ser trascendente (su Dios); a un concepto abstracto (verdad, belleza, paz…) ni a la pérdida del ser más querido (madre, padre, hijo, pareja, su mascota…).
¿Cuál es esa actividad, energía, esfuerzo, propósito… que le anima siempre?. Aquello por lo que ha empeñado su vida y sin lo cual, cree ahora, le sería difícil vivir. ¿un trabajo, un deporte, un pasatiempo, una obra social, un comercio…?
Por ejemplo, si le echan del trabajo o le pensionan, si sus habilidades sensoriales se limitan radicalmente (pierde una mano, queda ciego, o sordo), si la suerte le es adversa (le roban su capital, el terrorismo se lleva su comercio…), si lo destierran de su entorno, etc…
Seguir adelante es difícil, hay que reconocerlo. La vida cobra sentido a medida que hay interacciones con los demás, el entorno, las cosas y las ideas, y si esto desaparece, no importa el motivo, la pasión y la ilusión por vivir y construir, crecer, avanzar… desaparecen. Es como el duelo por la pérdida de un ser querido.
Entonces, ¿cómo seguir con una vida placentera?. ¿Qué pasará con el artesano enfermo de artritis, el pintor ciego, la cantante sin voz, el intelectual con amnesia, la madre que debe separarse de su amada hija, el inversionista que pierde su dinero, la persona enamorada y traicionada, el deportista exitoso que envejece, o el líder que trabajó para ser político y pierde las elecciones?….
“La vida sigue”, se dice, a manera de consuelo y consejo, a los cercanos que padecen una tragedia. Y es cierto!
Nadie es inmune a las pérdidas. Contemplar el posible infortunio debe hacer parte de la planeación de nuestra existencia. Como los ahorros para las emergencias. La prudencia y la sabiduría deben llevar a planes alternos. Al fin y al cabo todas las actividades, pasatiempos, trabajos, vínculos y logros materiales que, si bien generan bienestar, pueden desaparecer en cualquier momento. Apostar la vida en un solo frente, la hace más vulnerable y dolorosa.
En el futuro soñado y por el que se trabaja se debe contemplar la búsqueda de sentido en otras dimensiones del ser, del hacer, del tener y del pertenecer a un entorno. No hay mal que por bien no venga, y muchas historias de realización se han dado en quienes han enfrentado tragedias y perdido lo que más querían.
Leon Fleisher fue un pianista prodigioso que perdió una mano y se convirtió en un influyente maestro de piano; Barack Obama, pasó de ser presidente de Estados Unidos a disfrutar la escritura y fotografía; tras su retiro del basquetbol, Kobe Bryant ganó un Óscar por un corto animado; Howard Schultz trabajaba en una empresa de utensilios y fue despedido, y gracias a ello fundó Starbucks; y Stephen Hawking, perdió su movilidad y voz y se convirtió en gran científico.
Aunque las fuerzas desfallezcan, el ser humano es capaz de más cosas de las imaginadas; es mucho más que sus medallas, escritos, récords, manualidades, talentos… Es esencial explorar esas potencialidades desde ahora y no cuando llegue el dolor por una ausencia inesperada. No se puede perder la vida tratando de recuperar lo irrecuperable. Pero sí se puede ganar más vida buscando otras dimensiones de la existencia.
Jaime Leal Afanador
Rector UNAD



