LA TRISTE REALIDAD DE LA CORRUPCIÓN

Por: Narciso Obando López, Pbro.

Cada vez que las denuncias por hechos de corrupción salen a la luz pública se convierten en noticia nacional. Políticos, sindicalistas, empresarios e instituciones son los principales protagonistas, quienes sin ninguna vergüenza, se ponen la camiseta del robo, la mentira y el egoísmo individual.

Con sobradas razones, Colombia está incluida dentro de los países más corruptos a nivel mundial, todo esto debido a que los padres de la patria (politiqueros), son los principales causantes de los diferentes casos de corrupción que se vienen presentado en nuestro querido país.

También es de tener en cuenta que, la justicia colombiana es considerada la más benévola, ya que las condenas que se imponen, no están de acuerdo al delito que se comete, y las sanciones impuestas brindan muchas garantías a los infractores.

Desde una perspectiva psicopatológica, el corrupto es un individuo con déficit de caridad social, falta de civismo y desinterés por el bienestar de los demás, y que solo satisface su propio beneficio.

Otra singularidad del corrupto es su irresponsable sensación de invulnerabilidad. Creen que sus fechorías nunca serán descubiertas ni se juzgarán y, por tanto, nunca serán condenados. El corrupto transgrede intencionadamente las normas movido por la ambición y por su obsesiva identificación del éxito con el dinero, así como por su necesidad de un reconocimiento social que satisfaga su ego.

Necesitamos un cambio cultural que genere un fuerte rechazo a los actos de corrupción y una pena ejemplar a los corruptos, porque el costo social de este delito, como lo vivimos a diario en carne propia, se traduce en menos camas en los hospitales, menos aulas en las instituciones educativas, menos desarrollo para la comunidad y muchas otras cosas que afectan primordialmente a las clases más vulnerables de nuestra sociedad.

Indudablemente que la verdad, la lealtad, la honradez y la transparencia deberían acompañarnos siempre, tanto a nivel individual como social, pero también deberíamos tener una actitud más enérgica de condena frente a la corrupción, teniendo claro que la gravedad de la misma es mayor cuando los corruptos traicionan la confianza puesta en ellos por los ciudadanos, o las consecuencias de la misma recaen, sobre todo, en los más débiles y desamparados.

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