¿Los créditos de libre inversión están derrotando a las tarjetas de crédito?

Aunque la tarjeta de crédito sigue siendo el instrumento más utilizado, los créditos de libre inversión están ganando terreno como una alternativa más estructurada para poder enfrentar una deuda con responsabilidad.

Cómo acceder a un crédito es algo que las personas siguen aprendiendo. Según cifras de la Superintendencia Financiera de Colombia, el 21% de los colombianos declara que su nivel de conocimiento en temas de educación financiera es de 5, en una escala del 1 al 10; el 52% dice no saber qué es la inflación; y el 63,7% afirma que no sabe calcular los intereses de un préstamo bancario.

Ante esto, los colombianos siguen acudiendo recursos financieros como la tarjeta de crédito, que durante años ha sido dominante por su flexibilidad y facilidad de uso, aunque es esto mismo lo que está llevando a que se busquen alternativas más estructuradas que les permitan tener mayor control sobre sus finanzas.

«No creo que estemos viendo un reemplazo de la tarjeta de crédito», explica Byron Flores Estevez, profesor de EAE Business School. «En su lugar, es quizás un cambio en la forma como se utiliza. Cada vez más personas recurren a créditos de libre inversión cuando necesitan ordenar su deuda o financiar gastos específicos, porque ofrecen previsibilidad en pagos y mayor control financiero».

A diferencia de la tarjeta, que funciona como una línea abierta que se puede usar y reutilizar, los préstamos personales establecen desde el inicio el monto, plazo y cuota fija que se deberá pagar. Esta diferencia estructural está influyendo directamente en la toma de decisiones de los usuarios.

Para corto plazo, según analiza el experto, la tarjeta es muy útil, pero cuando se convierte en un mecanismo recurrente de financiación puede generar desorden. Es fácil que la tarjeta se vuelva una extensión del ingreso, y eso es un error. El préstamo, en cambio, obliga a planificar, y eso contribuye a mejorar la salud financiera del usuario.

El cambio de preferencia también puede responder a aquellos errores recurrentes, como el de subestimar el costo real de la deuda, especialmente cuando se usan tarjetas para cubrir gastos cotidianos de forma continua. Las pequeñas compras, acumuladas con intereses, terminan generando una carga difícil de sostener. Y es que cuanto mayor cupo en la tarjeta, mayor es la falsa sensación de capacidad de pago.

Es por eso que los créditos de libre inversión están encontrando un espacio relevante, especialmente como herramienta para consolidar deudas o financiar gastos planificados de mayor valor, como educación, vivienda o proyectos personales.

«Hay que tener en cuenta que acceder a estas opciones alternas a la tarjeta también implica nuevos riesgos si no se gestionan correctamente», advierte Byron Flores. «La facilidad para obtener el crédito, que hoy se puede desembolsar en segundos mediante las apps bancarias, puede llevar a decisiones impulsivas o a niveles de endeudamiento que superan la capacidad real de pago».

El docente subraya que tener acceso a un crédito no significa necesariamente poder asumirlo, por eso recomienda, antes de tomar cualquier decisión, entender la capacidad de pago real, comparar opciones y, especialmente, tener claridad sobre el propósito de la deuda, especialmente ahora que las decisiones financieras están atravesadas por la inmediatez y el consumo impulsivo.

Al final, el truco para usar créditos sin morir en el intento es cambiar cómo se entienden estos, que no son una extensión automática del ingreso ni «dinero extra», sino una herramienta que debe usarse con criterio y conocimiento. Si no se tiene, buscar el asesoramiento de un experto para que el sueño que se quiera financiar no se convierta en una pesadilla.

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