De amor nadie se muere

Por: Fernando Alexis Jiménez  

La historia parece tomada de un argumento de Macondo con todo y el realismo mágico. Pero ocurrió y vive en la memoria de muchos pobladores de Ginebra.

Ocurrió en Ginebra, Valle del Cauca, un pueblo idílico en el que se corre el riesgo de encontrarse con algún símbolo del pentagrama flotando en el ambiente, en una tierra donde la música vernácula se lleva en las venas.

¿Cuándo ocurrió? Unos dicen que hace más de veinte años. Otros, que en la mitad del siglo pasado. Todos coinciden es en que Margoth sigue esperando a su prometido, como una Penélope de la modernidad, mirando en la distancia a través de la ventana.

El hombre llegó en un bus destartalado, preguntó por una buena pensión para hospedarse, aunque fuera costosa y, a partir de entonces, comenzó a cultivar a su alrededor un halo de misterio y el mito de que era un ricachón en busca de oportunidades de negocio.

Pronto todos sabían del forastero, joven, buen mozo y acaudalado, al que le gustaba lo mejor de lo mejor. Por eso nadie sospechó cuando comenzó a preguntar por las jóvenes casamenteras, averiguado sutilmente por su dote económica. Eran muchas, pero sus ojos se posaron en Margoth.

Ella fue la elegida o la víctima. Y el forastero no ahorró esfuerzos para conquistarla, con flores, serenatas y chocolates traídos de Buga, del negocio de las hermanitas Miranda.

Y ella se enamoró perdidamente. No de otra manera se explica que le haya aceptado, no solo casarse con él, sino transferirle parte de sus propiedades y acordar con él, mudarse a Pereira.

Y un día, cualquiera, el forastero cargó en un camión rumbo a la capital del Risaralda, con todo lo que tenía la mujer de valor, incluso sus joyas. “Es mejor que vivamos allá, para evitarnos las murmuraciones”, le dijo.

El vehículo jamás llegó a Pereira, pero Margoth sí. Y lo sigue esperando, en un hotelito modesto. Lleva muchos años aguardando, sin desesperarse.   “No pierdo la esperanza, aquí lo espero”, asegura con un brillo en la mirada sin perder su atención en la lejanía.

@CrónicasdeMacondo

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