La historia del hallazgo de diez personas desaparecidas en territorios indígenas de Nariño está marcada por años de incertidumbre, negación inicial y, finalmente, un trabajo persistente que permitió dar respuestas a las familias.
🧭 De la duda a la búsqueda
Durante años, las denuncias de desaparición en zonas apartadas del departamento fueron recibidas con escepticismo o falta de pruebas claras. Las condiciones geográficas, el conflicto armado y el aislamiento de varias comunidades indígenas dificultaron que los casos avanzaran.
Sin embargo, los relatos de familiares y líderes comunitarios nunca cesaron. Esa insistencia fue clave para que entidades como la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) priorizaran la zona.
🔍 El trabajo en terreno
La búsqueda no fue sencilla. Incluyó:
- Ingreso a zonas de difícil acceso, muchas veces con acompañamiento de autoridades indígenas.
- Cruce de testimonios de comunidades, excombatientes y habitantes locales.
- Labores forenses especializadas, con excavaciones en puntos señalados tras años de investigación.
Estas acciones permitieron ubicar sitios de interés forense donde finalmente se encontraron los cuerpos.
⚰️ El hallazgo
Tras las exhumaciones, se logró la recuperación de diez cuerpos, que luego entraron en procesos de identificación científica. Este momento representó un punto de quiebre:
- Se confirmó que las desapariciones sí habían ocurrido.
- Se dio un paso clave hacia la verdad para las familias.
🤝 Un proceso con enfoque étnico
Un elemento fundamental fue el respeto por las tradiciones:
- Participación activa de autoridades indígenas.
- Aplicación de protocolos culturales en las exhumaciones y entregas.
- Reconocimiento del impacto colectivo en las comunidades.
🕊️ Entre el dolor y el alivio
Para los familiares, el proceso significó emociones encontradas:
- Dolor por la confirmación de la pérdida.
- Alivio por cerrar años de incertidumbre.
- Posibilidad de realizar rituales y despedidas dignas.




