Por Mauricio Fernando Muñoz Mazuera
Hablar de religión y política siempre ha sido entrar en un terreno delicado. Mucho más cuando se hace en medio de una coyuntura electoral como la que atravesamos actualmente. Por eso resulta profundamente desatinada la expresión utilizada recientemente por el presidente Gustavo Petro. No era el momento, no era la ocasión y, definitivamente, no eran las palabras. Hablar de aquello que no se conoce o no se maneja con rigor no solo genera confusión, sino que hiere sensibilidades profundamente arraigadas.
Alguien me decía que el presidente tiene un discurso que puede extenderse por tres o cuatro horas, y que por eso habla mucho y, en ocasiones, se sale del contexto. Pero esa explicación no justifica el error. Aquí no se trata de una frase mal dicha al pasar; se trata de una falta de respeto que amerita una disculpa pública, no solo a los cristianos católicos, sino a todas las personas que profesan una fe o creen en Jesús como Señor y Salvador.
Ahora bien, si hablamos de este tema, también es necesario señalar el uso triste, oportunista y conveniente que se hace de la religión en tiempos políticos. Las sedes de campaña son bendecidas, los recintos son rociados con agua bendita y no he visto, hasta ahora, ningún comunicado que prohíba eucaristías en estos espacios. Todo esto, aun sabiendo que en muchos de esos lugares no se discuten precisamente asuntos nobles, sino arreglos oscuros y acuerdos cuestionables. Como diría Jesús: sepulcros blanqueados.
La bendición, querámoslo o no, comunica un mensaje. Bendecir es, en muchos casos, dar a entender respaldo o aprobación. Si hay dinero, se va; y cuando se va, se celebra. Y al celebrar, se termina enviando una señal política clara. Más preocupante aún es ver cómo lugares de congregación importantes para los católicos se han convertido en escenarios para medir poder, influencia y capacidad de convocatoria. No podemos olvidar las romerías a Las Lajas en épocas electorales, ni eucaristías convertidas en vitrinas políticas. Recordemos, por ejemplo, cuando Camilo Romero, en un intento por limpiar su imagen, “invitó” a una eucaristía en el templo de Cristo Rey, colmada de funcionarios de la gobernación y sus familias, con la presencia de figuras políticas nacionales. Todo cuidadosamente calculado.
Hoy vemos templos convertidos en escenarios para tomarse fotos, grabar videos, arrodillarse frente a cámaras, llorar sin convicción y profesar una fe que no se vive. ¿No deberíamos sentirnos tocados como católicos ante esto? Ese no es el espacio para el espectáculo ni para el oportunismo. El cardenal de Colombia, monseñor Luis José Rueda Aparicio, lo dijo claramente en una entrevista reciente: hay que defender la Constitución del 91. El Estado no puede meterse en asuntos de fe, pero la fe tampoco puede instrumentalizarse desde el Estado. Cuando entramos en esta camisa de once varas, alguien termina manchado. ¿O será que ya lo están?
Es hora que la Conferencia Episcopal frene este show que vemos día a día, en donde los templos se han convertido en “nidos de víboras”. Así como se emiten comunicados oportunos frente a coyunturas nacionales, también deberían emitirse cuando los candidatos utilizan la fe, los recintos y las celebraciones religiosas como herramientas de campaña. No se puede defender una cosa y hacerse los desentendidos en otra. No se puede decir hoy que se es ateo y mañana llorar frente a una advocación. No se puede negar a Dios y luego arrodillarse ante Él por conveniencia. Mucho menos podemos, como católicos, normalizarlo. Quien aguanta eso, quien posa para la foto y lo permite, sin duda alguna, termina manchado. ¿O será que hay algo que no sabemos? El que tenga oídos…




