Entre los extremos y la responsabilidad democrática

Por Luis Eduardo Lagos

La política nacional vuelve a girar alrededor de la confrontación. Los extremos marcan la agenda nacional, elevan el tono y convierten la elección presidencial en una disputa emocional. En ese escenario, las regiones —y particularmente departamentos como Nariño— corren el riesgo de quedar reducidas a espectadores de una pelea ajena a sus prioridades reales.

Las encuestas recientes, incluida la medición pagada por la revista Cambio, confirman que la izquierda mantiene una intención de voto cercana a un tercio del electorado, mientras que la ultraderecha ronda entre el 15 y el 18 %. Son fuerzas relevantes, pero insuficientes para hablar de consensos nacionales.

Cuando se analizan los datos por bloques, aparece un elemento decisivo: el centro y la centro-derecha, en conjunto, superan a cualquiera de los extremos, alcanzando cerca del 40 % del respaldo agregado. El problema no es la falta de electores, sino la dificultad para traducir ese apoyo potencial en una opción política clara.

La Gran Consulta como mecanismo de orden democrático

En este contexto, la Gran Consulta representa un esfuerzo institucional significativo. No es una consigna ni una narrativa épica; es una iniciativa democrática que busca ordenar la competencia, evitar la dispersión y permitir que el liderazgo se defina mediante reglas claras.

Los resultados de la encuesta de Cambio muestran que dentro de esta consulta no hay un ganador anticipado. Las diferencias entre los principales aspirantes están dentro del margen de error, configurando un empate técnico real. Esto significa que la decisión no está tomada y que el desenlace dependerá de la participación ciudadana.

Galán y una alternativa sin estridencia

Dentro de ese escenario, Juan Manuel Galán aparece como una figura en ascenso. Su crecimiento es gradual, pero sostenido, especialmente entre los votantes que rechazan la lógica de la confrontación permanente. No se apoya en discursos radicales ni en promesas maximalistas, sino en una propuesta de institucionalidad y estabilidad.

Para departamentos históricamente golpeados por la exclusión y la falta de presencia estatal efectiva, como Nariño, este tipo de enfoque resulta relevante. La polarización rara vez resuelve los problemas territoriales; la gobernabilidad sí.

Decidir participar o dejar que otros decidan

El debate sobre eventuales alianzas en el centro sigue abierto, pero mientras tanto la Gran Consulta ya está en marcha. Las cifras indican que existe un espacio político amplio que puede disputar el poder si decide organizarse.

El mayor error sería asumir que el resultado está definido de antemano. Los extremos avanzan cuando el centro se paraliza. La democracia se debilita cuando la ciudadanía renuncia a participar y deja que otros decidan por ella.

La elección no está escrita. Lo que está en juego es si el país —y sus regiones— seguirán atrapados en la lógica del enfrentamiento o si optarán por una competencia política basada en reglas, propuestas y responsabilidad democratica.

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