El nariñense que convirtió el folclor en su forma de respirar

Hay quienes nacen para calcular circuitos, y hay quienes nacen para moverse al ritmo de un tambor. Carlos Andrés Benavides Acosta decidió hacer ambas cosas. Ingeniero electrónico de formación, pero bailarín por vocación, su vida es una coreografía que se ha ido escribiendo entre pasos, viajes, caídas y aplausos.

Todo empezó en un lugar pequeño, casi invisible en el mapa de los grandes escenarios: el grupo de danza del jardín Semillitas del Saber. Ahí, entre juegos infantiles y música tímida, dio sus primeros pasos sin saber que ese sería el inicio de una historia que lo llevaría lejos, muy lejos de ese primer escenario improvisado.

Luego vinieron los años de colegio, en la Institución Educativa Ciudad de Pasto. Allí la danza dejó de ser un juego y empezó a convertirse en disciplina. Ensayos, presentaciones, errores, aprendizajes. El cuerpo comenzó a entender lo que el alma ya sabía: que bailar no era solo moverse, era contar.

Horizontes

La universidad amplió su horizonte. En la Universidad Cooperativa de Colombia —posteriormente conocida como Killawayra— y en la Universidad de Nariño, donde se graduó como ingeniero electrónico, construyó no solo su carrera académica, sino también su identidad artística. Entre cátedras y ballets, Carlos Andrés aprendió a equilibrar dos mundos que muchos creen opuestos, pero que en él conviven con naturalidad.

Su inquietud lo llevó a Cali, cuna de la salsa, donde hizo parte del semillero “Pioneros del Ritmo”. Allí su cuerpo aprendió nuevos lenguajes, más rápidos, más intensos. Pero su esencia siempre regresaba al folclor, a la raíz.

Durante más de nueve años, la Fundación Cultural Indoamericanto fue su casa. Un espacio donde creció, donde se equivocó y volvió a empezar, donde entendió que el arte también es resistencia. Y en 2017, cruzó fronteras: México lo recibió como parte de un intercambio artístico y académico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. No solo fue un visitante; fue parte del elenco principal de su ballet. Un nariñense bailando en tierras extranjeras, llevando consigo una historia que no cabía en una maleta.

Exploraciones

Fundó, junto a Jairo Montero, el ballet folclórico Raíces, y años antes había dado vida a la compañía artística Expresión Nariño. Porque para él, bailar no es suficiente si no se comparte. Porque el arte, cuando se guarda, se marchita.

Su camino también ha estado lleno de exploraciones: teatro, circo, colectivos multidisciplinarios como Quillarkus. Ha sido embajador nacional del Festival de Pasillo Voliao en Antioquia, parejo oficial de la Señorita Nariño en importantes certámenes nacionales, y protagonista de puestas en escena en eventos de talla internacional como el Festival Cordillera, donde, acompañado de 30 bailarinas, dejó el nombre de su tierra en alto.

Su huella no conoce fronteras. México, Guatemala, Chile, Perú, Bolivia, Ecuador y más de 20 departamentos de Colombia han sido testigos de su trabajo. Talleres, presentaciones, intercambios: cada viaje ha sido una semilla sembrada. Hoy, a pesar de su juventud, lidera procesos de gran impacto. Es director de la filial en Colombia de Tinkus Huayna Lisos, con la que ya llevó a seis de sus alumnos a uno de los carnavales más importantes del mundo, conectando a Pasto con el Carnaval de Oruro en Bolivia. También impulsa la filial de Caporales San Simón Cochabamba, abriendo puertas para nuevas generaciones.

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