En pleno siglo XXI, en el pequeño municipio de Hidrolandia, en el estado de Ceará (Brasil), un hombre de 80 años ha optado por una forma de vida muy distinta a la de la mayoría de las personas: vive solo en una casa de adobe construida en 1920 por su padre, manteniendo tradiciones y costumbres de una época pasada.
Se trata de Francisco Matías, conocido localmente como Seu Chiquinho, quien tras pasar varios años en la ciudad de Río de Janeiro, decidió regresar a su lugar de origen y rechazar el ritmo acelerado de la vida urbana para adoptar un estilo de existencia simple y autosuficiente.
La vivienda tradicional, que tiene más de un siglo de antigüedad, conserva las técnicas de construcción del nordeste brasileño, con muros de barro que mantienen una temperatura agradable incluso en épocas frías. Seu Chiquinho obtiene su agua de un pozo, la almacena en vasijas de barro, y cocina con estufa de leña, todo ello sin depender de las comodidades modernas.
Aunque vive aislado del bullicio urbano, Francisco no está completamente solo: recibe visitas breves diariamente, tal como él mismo dice, porque “siempre hay alguien que viene a pasar un ratito”. Este nexo con sus vecinos y visitantes pone de manifiesto la importancia de la comunidad en su vida, pese a su elección de vida más tranquila y tradicional.
Además de reflejar una resistencia a la modernidad, la historia de Seu Chiquinho muestra el valor de la conexión con las raíces culturales rurales y la arquitectura ancestral, aspectos que aún perduran en algunas zonas del interior de Brasil y que ofrecen una visión diferente sobre lo que significa envejecer en un entorno más lento y natural.

