CUANDO LA TRAGEDIA AVISA

La reciente caída de una vivienda en pleno centro de Pasto, que estuvo a punto de costarle la vida a una señora, no puede ni debe asumirse como un hecho aislado ni como un simple infortunio. Se trata, por el contrario, de una alarma más —quizá una de las más estridentes— sobre una problemática estructural que la ciudad viene arrastrando desde hace años y frente a la cual las autoridades han reaccionado con preocupante lentitud.

Pasto es una ciudad de historia, de arquitectura tradicional y de barrios antiguos que hacen parte de su identidad cultural. Sin embargo, ese valioso legado se ha convertido también en una amenaza latente cuando el paso del tiempo, la falta de mantenimiento, las condiciones climáticas y la ausencia de controles técnicos han dejado a muchas edificaciones al borde del colapso. Casas que “de milagro se sostienen en pie” no son una exageración retórica, sino una realidad visible para cualquier ciudadano que recorra el centro y otros sectores tradicionales de la capital nariñense. Por ello, no es de extrañar observar en diferentes sectores de la ciudad, frente a algunas viviendas y edificios, el aviso de “Peligro de Derrumbe”, lo que en nuestro concepto se constituye en una amenaza diaria en nuestra ciudad.

No es la primera vez que ocurre un accidente de esta naturaleza. Ya se han registrado derrumbes parciales, desprendimientos de fachadas y colapsos de techos que, afortunadamente, no siempre han terminado en tragedia humana. Pero el hecho de que hasta ahora la suerte haya jugado a favor no significa que el riesgo no exista. Al contrario, cada nuevo incidente demuestra que estamos caminando peligrosamente hacia un desenlace fatal si no se toman medidas de fondo.

Resulta inadmisible que en una ciudad con autoridades municipales, oficinas de planeación, gestión del riesgo y control urbano, no exista un diagnóstico claro y actualizado sobre el estado real de las viviendas antiguas. La improvisación no puede seguir siendo la respuesta. No se puede esperar a que una persona pierda la vida bajo los escombros para reaccionar con comunicados, visitas de emergencia y promesas tardías.

Por ello, la exigencia ciudadana es clara y urgente: la administración municipal debe realizar un censo técnico y riguroso de las edificaciones que presentan riesgo de derrumbe. No se trata de generar pánico ni de estigmatizar sectores, sino de prevenir, planificar y actuar con responsabilidad. Identificar las viviendas en peligro permitiría tomar decisiones oportunas: desde refuerzos estructurales y planes de restauración, hasta reubicaciones temporales o definitivas cuando sea estrictamente necesario.

Este censo debe ir acompañado de voluntad política, recursos económicos y una estrategia social que tenga en cuenta a las familias que habitan estas casas. Muchas de ellas no permanecen allí por descuido, sino por falta de alternativas, por arraigo histórico o por limitaciones económicas. La prevención del riesgo no puede desligarse de la justicia social ni del derecho a una vivienda digna y segura.

La ciudad no puede seguir normalizando lo evitable. Cada pared agrietada, cada techo vencido y cada estructura debilitada es una advertencia que exige atención. Pasto merece crecer sin poner en peligro a sus habitantes, preservando su patrimonio, pero anteponiendo siempre la vida humana.

La caída de esta casa debe marcar un punto de inflexión. Que no sea recordada solo como una noticia más, sino como el momento en que la ciudad decidió actuar antes de que la tragedia dejara de ser una posibilidad y se convirtiera en una dolorosa realidad.

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