La pregunta que surge desde diversos sectores de Pasto, como resultado de muchas conversaciones con colegas, familias, docentes y amigos, es una que inquieta profundamente: ¿qué ocurre cuando una sociedad entera se acostumbra a vivir con dolor y aprende a callarlo?
En Nariño, como en muchas otras regiones del país, la salud mental sigue siendo una deuda que pocos se atreven a reconocer y mucho menos a saldar. A nivel nacional, más de 66 de cada 100 personas han enfrentado algún tipo de problema de salud mental en algún momento de sus vidas. Sin embargo, cuando estas cifras se miran desde el sur de Colombia, dejan de ser solo números y se convierten en rostros conocidos: jóvenes emocionalmente agotados, madres sobrecargadas, adultos que resisten en silencio, niños que aprenden a reprimir lo que sienten antes que a expresarlo, dijo el psicólogo clínico Oswaldo Navarro.
Transarnos invisibles
La depresión, uno de los trastornos más invisibles y devastadores, afecta a millones de colombianos, pero solo 2 de cada 10 reciben atención profesional adecuada. En regiones como Nariño, donde las brechas históricas en salud son aún más profundas, acceder a un proceso psicológico continuo no solo es difícil: para muchos, es prácticamente imposible. Las citas son escasas, los tiempos de atención insuficientes y la salud mental sigue tratándose como un complemento más en lugar de una prioridad esencial.
Mientras tanto, el sufrimiento avanza en silencio, afectando de manera transversal a diferentes grupos de la población. Los dolores invisibles, esos que no sangran, que no dejan cicatrices externas pero que pesan igual o más que cualquier herida física, siguen sin ser atendidos.
Sistema público
Hablar de terapia psicológica en la región sigue siendo un tema delicado. A menudo, se piensa que la terapia es «solo para casos graves», o que es un lujo reservado para quienes pueden pagar consultas privadas. La realidad es que hay personas que deben hacer enormes sacrificios económicos para sostener un proceso psicológico, mientras que aquellos que recurren al sistema público se enfrentan a espacios breves y discontinuos, que son absolutamente insuficientes para acompañar un proceso humano tan complejo y delicado.
¿Y qué sucede con aquellos que no pueden pagar? Quedan en la espera, en la resignación y, en muchos casos, en el silencio. Este vacío de atención y cuidado es un claro reflejo de cómo la salud mental en la región de Nariño, y en muchas partes del país, sigue siendo vista como un lujo más que como un derecho fundamental de cada ciudadano. Los niños y adolescentes en Nariño, al igual que en muchas otras regiones del país, están creciendo con cargas emocionales que no corresponden a su edad. Según las estadísticas, casi el 45 % de los niños y niñas en Colombia presentan afectaciones emocionales. Este dato, más que una cifra alarmante, es una alarma urgente sobre el estado de la infancia y adolescencia en la región.




