Jhorman Montezuma
Cuando se llega al poder, la línea entre apoyar al amigo y castigar al enemigo se vuelve peligrosamente delgada. Hoy, más que proyectos o propuestas, lo que parece mover la política regional es la lealtad obligada. Una lealtad que no se construye con ideas, sino con contratos, favores y silencios.
En la actualidad, varios candidatos no caminan solos. Detrás de ellos están sus padrinos políticos, verdaderos dueños de entidades públicas como gobernaciones y alcaldías, que se convierten en plataformas electorales disfrazadas de institucionalidad. Desde allí se envían mensajes claros: quien quiera continuar, debe apoyar.
Las entidades públicas han dejado de ser espacios de servicio para convertirse en maquinaria política. Hoy no se ve a los contratistas trabajando con tranquilidad; se les ve con camisetas, gorras y discursos ajenos, acompañando candidatos por miedo a perder su sustento. No es convicción, es supervivencia.
Secretarios que ordenan, funcionarios que presionan y contratistas que obedecen. Así funciona un engranaje que normaliza la coacción política. El voto deja de ser libre cuando se convierte en requisito laboral.
Lo más preocupante es que muchos de los actuales candidatos fueron funcionarios. Conocen el sistema, saben cómo moverse y regresan a las entidades como si aún les pertenecieran. Ronda tras ronda, oficina por oficina, se alimenta la “vaca lechera” del poder: Gobernación, Corponariño, Cehani, la CDA, Aguardiente Nariño.
Algunos partidos, como el Verde, no son ajenos a estas prácticas. Exfuncionarios que transitan las secretarías como si fueran su casa reflejan una política que no se renueva, solo se recicla. El poder se hereda, se cobra y se protege.
La Alcaldía tampoco se queda atrás. Allí convergen intereses partidistas que todos conocen. El actual mandatario llegó gracias a acuerdos que hoy se pagan con creces. Tres campañas después, los favores se devuelven con puestos, contratos y respaldo político.
Esta no es una denuncia aislada, es una realidad que muchos callan por miedo. Mientras tanto, la democracia se debilita y el ciudadano pierde confianza en las instituciones.
Gobernar no es premiar amigos ni castigar enemigos. Gobernar es servir. Y cuando el poder se usa para obligar, ya no es política: es abuso.


