El museo nació como institución de conservación y legitimación cultural. Hoy, ese rol está siendo cuestionado desde múltiples frentes. ¿A quién representa el museo? ¿Qué historias cuenta y cuáles silencia?
Muchas colecciones se formaron a partir de saqueos coloniales. Objetos extraídos de contextos violentos ahora se exhiben como patrimonio universal. Esta contradicción ha generado demandas de restitución y revisión histórica.
Además, el museo tradicional impone una narrativa única. Decide qué es arte y qué no, quién merece ser exhibido y quién queda fuera. Artistas y comunidades marginadas han denunciado esta exclusión sistemática.
En respuesta, algunos museos intentan transformarse: programas educativos críticos, curadurías colaborativas, apertura a nuevas voces. Sin embargo, el cambio es lento y a veces superficial.
El museo también enfrenta una crisis de relevancia. Compite con plataformas digitales y debe justificar su existencia más allá del turismo cultural. ¿Es un mausoleo o un espacio vivo?
Repensar el museo implica aceptar su historia conflictiva. No para destruirlo, sino para resignificarlo. El museo del futuro, si existe, tendrá que ser incómodo consigo mismo.

