La pregunta aparece una y otra vez, especialmente cuando un artista es acusado de comportamientos éticamente cuestionables. ¿Podemos apreciar la obra sin justificar al autor? ¿O toda obra está manchada por quien la creó?
Históricamente, se ha defendido la autonomía de la obra. Una vez creada, se separa de su autor y adquiere vida propia. Sin embargo, esta separación nunca ha sido total. Contexto, biografía e ideología influyen en la lectura.
Ignorar al artista puede ser cómodo, pero también problemático. Algunas obras reproducen violencias o discursos que reflejan directamente las acciones del autor. En esos casos, separar puede convertirse en complicidad.
Por otro lado, reducir una obra a la moral de su creador limita su complejidad. El arte no es un certificado de buena conducta. Puede contener contradicciones, incluso superar éticamente a quien lo produjo.
La clave quizá no esté en separar o unir, sino en contextualizar. Ver la obra con conciencia crítica, sin idealizar al artista ni cancelar automáticamente el trabajo. El pensamiento binario empobrece el debate.
El arte no ofrece respuestas claras a dilemas morales. Nos obliga a convivir con la ambigüedad. Y esa incomodidad, otra vez, es parte de su función.

