Nunca habíamos visto tantas imágenes y, paradójicamente, nunca las habíamos mirado tan poco. El scroll infinito ha transformado la experiencia visual en un tránsito acelerado donde nada se detiene demasiado tiempo. Frente a esto, el arte propone otra temporalidad: la mirada lenta.
Mirar lento es un acto casi subversivo. Implica resistirse al impulso de pasar a la siguiente imagen. Es permitir que una obra nos retenga, incluso cuando no entendemos de inmediato lo que estamos viendo. La lentitud abre capas de significado que la velocidad aplasta.
Muchas obras contemporáneas están diseñadas para frustrar el consumo rápido. No ofrecen un mensaje claro ni una estética inmediatamente agradable. Exigen tiempo, repetición, incluso aburrimiento inicial. Ese aburrimiento es una puerta, no un fracaso.
La experiencia museística tradicional defendía la contemplación, pero hoy incluso los museos compiten con la lógica de las redes. Exposiciones “instagrameables” priorizan el impacto inmediato. En ese contexto, mirar lento se vuelve una decisión consciente del espectador.
La lentitud también es corporal. Caminar despacio, volver sobre una obra, cambiar el ángulo. El cuerpo participa en la comprensión. No se trata solo de ver, sino de habitar el espacio de la obra.
Recuperar la mirada lenta no significa rechazar la tecnología, sino cuestionar su ritmo impuesto. El arte nos recuerda que no todo tiene que ser instantáneo para ser valioso. Algunas cosas solo existen plenamente cuando les damos tiempo.

