El ajo, entre mito y ciencia: beneficios reales, tradición milenaria y posibles riesgos

El ajo, un ingrediente presente en cocinas de todo el mundo desde tiempos antiguos, vuelve a ser tema de debate gracias al interés renovado de la ciencia por sus propiedades. Aunque por siglos se ha utilizado como remedio natural, los estudios actuales permiten diferenciar cuáles de sus beneficios son reales y cuáles pertenecen más al terreno de los mitos.

Un ingrediente con miles de años de historia

Originario de Asia Central, el ajo se difundió por Europa y posteriormente por América, convirtiéndose en un producto básico por su bajo costo, durabilidad y fuerte aporte culinario. Con el tiempo dejó de ser considerado un alimento “humilde” y se transformó en un elemento imprescindible en la gastronomía global.

Beneficios comprobados

La investigación científica ha confirmado varias propiedades del ajo, especialmente gracias a compuestos como la alicina. Entre los efectos más estudiados se encuentran:

  • Acción antimicrobiana y antiviral, útil para el fortalecimiento del sistema inmunológico.
  • Beneficios cardiovasculares, como apoyo en la regulación de la presión arterial y prevención de acumulación de placa en las arterias.
  • Propiedades antiinflamatorias y antioxidantes, que podrían contribuir a la prevención de enfermedades crónicas.
  • Posible protección frente a ciertos tipos de cáncer digestivo, según estudios preliminares.

Precauciones y posibles riesgos

El ajo también puede generar efectos adversos cuando se consume en exceso, especialmente en su forma cruda o concentrada. Entre ellos se reportan irritación gástrica, reflujo, gases, inflamación abdominal y malestar digestivo.

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Además, su efecto anticoagulante puede aumentar el riesgo de sangrado en personas sensibles o que toman medicamentos con ese mismo propósito. Por ello, especialistas recomiendan moderación y tener en cuenta la tolerancia individual.

Un equilibrio entre tradición y evidencia

El ajo sigue siendo un alimento valioso tanto en la cocina como en la salud, pero su reputación como “superalimento” debe manejarse con cautela. La ciencia confirma varios de sus beneficios, pero también aclara sus límites y riesgos. Como en todo, el consumo moderado y acompañado de una dieta equilibrada es la clave.