Daniel Ortega cumple 80 años: el caudillo nicaragüense más longevo se aferra al poder

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, cumple 80 años este martes (11.11.2025) convertido en el gobernante más longevo de la historia contemporánea del país y uno de los más veteranos de América Latina. Tras casi dos décadas consecutivas en el poder —y más de tres décadas influyendo en la política nacional—, el líder sandinista llega a esta fecha visiblemente debilitado, aunque sin señales de ceder el control del Estado.

En sus escasas apariciones públicas, Ortega se muestra encorvado, con el rostro inflamado y un notorio cansancio, acompañado siempre por su esposa y vicepresidenta Rosario Murillo, su hija Camila Ortega Murillo y uno de sus nietos pequeños, a quien los medios oficialistas presentan como “símbolo de esperanza y continuidad” dentro de una incipiente dinastía familiar.


El dictador más duradero de la historia nicaragüense

Daniel Ortega es el más longevo de todos los dictadores que ha tenido Nicaragua”, afirma la historiadora y excomandante sandinista Dora María Téllez, hoy exiliada, en declaraciones a DW. Téllez, quien participó en la revolución que derrocó a la familia Somoza en 1979, considera paradójico que el antiguo líder guerrillero haya terminado por replicar los métodos del régimen que combatió en su juventud.

A diferencia de los Somoza —Anastasio Somoza García, asesinado a los 60 años, y su hijo “Tachito”, muerto a los 55—, Ortega ha superado a todos en longevidad y permanencia. Gobernó por primera vez en la década de 1980 y, tras su regreso al poder en 2007, ha acumulado ya 19 años consecutivos en la presidencia.

Según Téllez, Ortega nunca abandonó realmente el mando:

“Tras perder las elecciones de 1990, decidió gobernar desde las sombras, desestabilizando a sus sucesores y pactando con antiguos adversarios para reescribir las reglas del juego”.

Estas maniobras —añade— le permitieron retornar al poder mediante reformas electorales y perpetuarse en el cargo con reelecciones sucesivas desde 2011, instaurando un sistema autoritario marcado por la represión, el control absoluto del Estado y una oligarquía familiar.


El legado de la represión

El punto de quiebre en la era Ortega llegó en 2018, cuando una ola de protestas masivas exigió su renuncia. Lo que comenzó como un movimiento cívico terminó en una represión sangrienta, con más de 300 muertos según organismos internacionales.

Aunque el gobierno convocó un supuesto “diálogo nacional”

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con mediación de la Iglesia católica, las conversaciones sirvieron principalmente —según exfuncionarios y activistas— para que el mandatario ganara tiempo y organizara un ejército paramilitar. Se estima que más de 3.000 hombres armados participaron en los operativos contra manifestantes y opositores.


La impunidad del poder

Desde entonces, el régimen Ortega-Murillo ha consolidado un Estado policial, encarcelando, desterrando y despojando de la nacionalidad a más de 300 opositores en 2023, entre ellos la propia Dora María Téllez.

El Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua (GHREN), creado por las Naciones Unidas, ha documentado de manera exhaustiva violaciones sistemáticas a los derechos humanos y ha señalado la responsabilidad directa de Ortega, Murillo y su círculo de poder en la comisión de crímenes de lesa humanidad.


Un caudillo envejecido pero firme

Pese a su deterioro físico y a los rumores sobre su salud, Daniel Ortega mantiene un férreo control sobre las instituciones, el Ejército y la Policía Nacional, respaldado por un aparato propagandístico que presenta su liderazgo como indispensable para la estabilidad del país.

A los 80 años, el viejo comandante sandinista parece decidido a morir en el poder, mientras la historia se repite en Nicaragua: un caudillo que, en nombre de la revolución, terminó erigiendo una nueva dinastía autoritaria.