Por: Javier Recalde
Cuando en Bogotá se menciona el “sur”, suele hacerse con indiferencia o estigma. Como si Nariño, Putumayo, Cauca y Huila fueran solo escenarios de conflicto, fronteras inestables o territorios de paso. Nada más falso. El sur de Colombia no es periférico: es estratégico. Es un corredor logístico, productivo y geopolítico esencial. Y, sin embargo, el Estado nacional sigue tratándolo como una carga, no como una prioridad.
Este territorio conecta Colombia con Ecuador, articula la costa Pacífica con la Amazonía y el interior del país, y posee rutas vitales para el comercio, la integración regional y el desarrollo sostenible. Pero a pesar de su importancia, el sur enfrenta décadas de abandono, promesas incumplidas y una lentitud sistemática por parte del gobierno nacional en cabeza del presidente Petro.
La doble calzada Popayán–Pasto–Rumichaca, clave para el comercio bilateral, avanza a ritmo de tortuga. Años de anuncios, inversiones insuficientes y obras paralizadas por deslaves no resueltos. Mientras, en otras regiones, se priorizan megaproyectos con financiación ágil, aquí las carreteras siguen siendo tierra de promisión. Lo mismo ocurre con la vía Neiva–Mocoa–San Miguel, puerta de entrada al sur-oriente, con potencial para integrar a Colombia con el Ecuador. Una ruta que podría dinamizar el cacao, el café y la palma, obras que se ejecutan con lentitud por parte del operador.
Y que decir de la vía transversal de San Francisco – Mocoa, una obra estratégica para Sur, en especial para Nariño y el Putumayo y articular municipios aislados. Anunciada como prioritaria, sigue estancada en estudios, trámites y asignaciones presupuestales insuficientes.
El patrón es claro: el gobierno nacional anuncia con fuerza, pero ejecuta con negligencia. Promete inversión, pero no la garantiza. Habla de desarrollo, pero no actúa con la urgencia que exige el territorio. Los incumplimientos no son errores aislados; son estructurales. Son la prueba de que, para el centro del poder, el sur sigue siendo invisible.
Este abandono tiene consecuencias. Sin infraestructura, no hay competitividad. Sin conectividad vial o digital, no hay desarrollo económico real. Y sin desarrollo, no hay paz estable. Hoy, además, la reforma laboral genera incertidumbre entre los emprendedores del sur. No porque rechacen derechos, sino porque temen que altos costos laborales, debiliten las iniciativas; sin acompañamiento estatal ni acceso a mercados, acaben con procesos ya frágiles. El aparato productivo se debilita mientras el Estado mira hacia otro lado.
El sur no necesita asistencialismo. Necesita inversión real, planificación seria y cumplimiento de lo prometido. Necesita que el gobierno entienda que una carretera asfaltada en Mocoa salva más vidas que un operativo militar mal planeado. Que una torre de internet en un resguardo indígena en el Cauca o las regiones del pacifico genera más progreso que discursos desde la capital. La paz no se construye solo con acuerdos. Se construye con escuelas, hospitales, caminos y oportunidades. Y eso solo llega con desarrollo económico, con infraestructura, con voluntad política.
Por: Javier Recalde Martínez.

