Avanza en el Congreso propuesta para regular el ejercicio de los influenciadores. Que realmente haya contenido de valor.
No fue por casualidad que Luis Alberto, un vecino de la unidad, destinó todo un sábado en San Andresito para comprar un buen celular, micrófonos y demás aditivos. Tenía un propósito claro: ganar muy buenos recursos sin mucho esfuerzo.
No terminó la carrera de arquitectura, en la Universidad del Valle, pero después de mucho mirar al techo en su habitación, se le alumbró el bombillito: “Voy a ser influencer”
Se imaginaba en un auto último modelo, tremenda casa, viajando por todo el mundo y en un yate, al caer la tarde un día cualquiera en el mar, acompañado por varias jovencitas exuberantes.
Pero ni lo uno ni lo otro. Por ahí lo vi en un motocarro viejo con parlante, promocionando eventos y rebajas de ocasión en el fruver de la esquina.
No le sonó la flauta, como sí le sonó a más de 3 mil influenciadores que hay en Colombia.
El problema no es que utilicen las plataformas, sino el tipo de mensajes que difunden. Contenidos sin sentido, que desinforman. En algunos casos, alimentan narrativas de odio. No todos, pero sí una buena cantidad de quienes se dedican a ese oficio.
Algunos acuden a la ridiculización de los parroquianos a su alrededor o de las figuras públicas. Se presentan como dueños de la verdad revelada y difunden datos sin confirmar. Tienen tal grado de influencia, que hasta llegan al Congreso.
Es cierto que el artículo 20 de la Constitución Política de Colombia garantiza la libertad de expresión y difusión del pensamiento, así como el derecho a informar y recibir información. Sin embargo, se debe informar con responsabilidad.
En esa dirección, la importancia de sacar adelante en el Senado el proyecto de ley 394 de 2025, que regula la creación de contenido digital en Colombia. La única vía para evitar para que nos sigan desinformando. ¡En buena hora esa regulación!

