POR QUÉ TRUMP ESTABA EN LA TRIBUNA

Por: Ricardo Sarasty

Han pasado pocos días desde cuando el hoy presidente de los Estados Unidos de América entregó el primer trofeo al primer campeón del primer mundial de clubes de futbol, organizado por la FIFA y disputado en 11 ciudades de los Estados Unidos de Norte América. En él participaron 64 equipos, los mejores de los 5 continentes y por ello los que reúnen en sus nóminas las figuras mas destacadas de este deporte, claro que unas ya a punto de abandonar la carrera deportiva tras una larga estela de triunfos mientras que otros o están en lo mejor de sus años o recién despuntan como las promesas para ser tenidas en cuenta de aquí en adelante. Durante los días previos al evento el ente organizador hablo de los esfuerzos y las iniciativas realizadas tanto dentro como fuera del terreno de juego para garantizar que el torneo sea un espectáculo futbolístico diferente a los otros: “ un espectáculo que aporte valor, que brinde oportunidades y emoción a todas las personas que participan y se conectan con la competencia”. Sí, nada diferente se puede esperar de lo organizado por estos entes que administran el deporte, bien lo dicen, como espectáculo.

Jugar como el saltar, correr, nadar, levantar y tirar objetos, golpear y hasta fingir atacar pasó de ser una manifestación espontánea de la necesidad de liberarse de la carga de deberes impuesta por el instinto de conservación de la especie, a un disfrute socializado del tiempo no contemplado en el desarrollo de las actividades que le garantizaran al homo Faber desde la alimentación hasta la seguridad.  El carácter de socializado del goce lo da el hecho que convierte esas manifestaciones espontaneas de búsqueda de placer en actividades reguladas que van a obedecer a unos tiempos y espacio específicos, a las reglas que establecen la competición como parte de la actividad    recreativa. Es en este momento de la evolución del ser humano y de su organización social cuando aparece el concepto de deporte como una manifestación institucionalizada del instinto lúdico.   Entiéndase que se va a ejercer control sobre él, la libertad primigenia de jugar se convierte en unos momentos de solaz destinados por la institución a sacar a los individuos de las rutinas propias de la supervivencia y la organización social.  Entonces el juego de manifestación libre de una necesidad bilógica pasa a ser la actividad dirigida con propósitos adicionales propios de las entidades que detentan el poder.

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De la libertad individual para el disfrute de un reto se transita hacía la transformación de esa libertad en otro derecho que en conjunto con otros derechos naturales va a ser vulnerado para permitir la existencia del que va a convertirse en el mayor y más importante de los juegos, el del poder por el poder, el del dominio del hombre por el hombre, en cuyo desarrollo es posible que la libertad sea la primera sacrificada, cuando no sometida, desvirtuada o manipulada por quienes ejecutan el poder. Así se crean en el mundo occidental las justas olímpicas, una demostración de cómo cuando más compleja es la organización social también mayor es la represión de los instintos, supeditados estos a la satisfacción de las necesidades de la institucionalidad ya no de los individuos. Es así como se originan en Grecia las justas olímpicas en donde ya se observa cómo va a incidir la autoridad sobre el deporte. La manera como el divertimento va a ser utilizado para incidir sobre las masas, instrumentalizando a los deportistas que ya no juegan para el disfrute de su ocio y si como una forma más de trabajo cuyo producto es la satisfacción de los otros que saciaran su necesidad de triunfo para sentirse superiores solamente con el sacrificio de los puestos en la arena.