Vivimos tiempos marcados por la incertidumbre, el miedo y, sobre todo, la división. La polarización política ha dejado de ser solo un debate entre ideas para convertirse en un conflicto entre personas, un enfrentamiento que ha fracturado nuestra convivencia como sociedad. Ya no se trata simplemente de discrepar, sino de sobrevivir al hecho de pensar diferente.
La seguridad y la tranquilidad, derechos básicos para cualquier ciudadano, hoy parecen privilegios escasos. Expresar una opinión, defender una postura política o simplemente disentir del discurso dominante puede significar ser objeto de violencia verbal, acoso en redes sociales o incluso agresiones físicas. Esta intolerancia ha echado raíces en todos los niveles, contaminando desde las conversaciones cotidianas hasta los debates en el Congreso.
Quienes ocupan cargos públicos, elegidos precisamente para representar la voluntad del pueblo, han caído en la trampa del ego. En lugar de buscar puntos en común, promueven divisiones, alimentan rivalidades y anteponen sus intereses personales a las necesidades colectivas. La política debería ser un ejercicio de servicio, no un campo de batalla por el poder.
Más preocupante aún es la normalización del desprecio al otro. Se ha perdido la capacidad de escuchar, de dialogar, de construir a partir de las diferencias. Y cuando se pierde eso, también se pierde la esencia misma de la democracia. No puede haber paz ni desarrollo si seguimos permitiendo que el poder se ejerza desde el miedo y la exclusión.
Este no es un llamado ingenuo a la unidad, sino una exigencia urgente de respeto y responsabilidad. No importa si somos de izquierda o derecha, religiosos o no, hombres o mujeres. Lo que importa es que todos compartimos este país, y solo trabajando juntos podremos rescatarlo del abismo de la intolerancia.
Desde nuestras regiones también debemos alzar la voz. No podemos permitir que la intolerancia defina nuestro futuro. Es en la diversidad de ideas donde se construyen las mejores soluciones. La democracia se fortalece con el respeto, no con la imposición.
Hoy más que nunca necesitamos diálogo, empatía y voluntad de cambio. Como ciudadanos, debemos exigir que se respete la diferencia y que se construya un país donde todos podamos vivir en paz, sin temor por lo que pensamos.

