Pasto, Nariño.
El pasado fin de semana, las graderías del Estadio Libertad no solo se llenaron de goles y emociones futboleras, sino también de sonrisas sinceras, ojos brillantes y sueños que empiezan a nacer. Cuarenta niños y niñas de la Fundación San Bartolomé vivieron una jornada inolvidable al asistir por primera vez a un partido de fútbol profesional como parte del programa “Deporte para la Paz”, una iniciativa que apuesta por la inclusión, la región, el juego y el corazón.
Provenientes de zonas rurales como Potosí, La Florida y Guanatán, estos pequeños visitantes no solo conocieron el estadio, sino que también se sintieron parte de una comunidad que los abraza, los incluye y les demuestra que soñar en grande es posible. Desde el momento en que cruzaron las puertas del estadio, sus rostros se llenaron de asombro y alegría. Las tribunas, los himnos, los aplausos, los jugadores —todo era nuevo, todo era emocionante.
El programa “Deporte para la Paz”, impulsado por distintas entidades sociales y deportivas del departamento, tiene un objetivo claro: llevar el fútbol más allá de la cancha, convertirlo en una herramienta de transformación social y emocional. A través de estas experiencias, se busca sembrar en niños y niñas valores como la solidaridad, el respeto, la sana convivencia y, sobre todo, la esperanza.
“Para muchos de estos niños es la primera vez que salen de su vereda, que ven una cancha profesional, que sienten lo que es ser parte de una hinchada”, explicó uno de los promotores del programa. “Pero más allá del espectáculo deportivo, queremos que sientan que pertenecen, que pueden soñar y que el deporte puede ser una puerta para cambiar sus vidas”.
Durante la jornada, los niños no solo vieron el partido: compartieron con jugadores, participaron en actividades lúdicas, recibieron refrigerios y camisetas, y hasta ondearon banderas como verdaderos hinchas. El estadio se convirtió en aula abierta, en escenario de inclusión, y en símbolo de lo que el deporte puede hacer por la paz.
«Deporte para la Paz» seguirá recorriendo veredas, municipios y rincones olvidados de Nariño, llevando no solo balones, sino también cariño, alegría y oportunidades.
Porque el fútbol no es solo competencia: es un lenguaje universal que une, sana y enseña a creer. Y estos 40 niños, hoy más que nunca, saben que el juego también se juega con el corazón.

