En nuestra nación, poco a poco han hecho carrera los demagogos, que se dicen intérpretes del pueblo, pero que sólo saben cómo manejarlo, manipularlo y utilizarlo en su propio beneficio. Organizan reuniones, conferencias o foros, para “dar” soluciones a los problemas que aquejan al país, que son simplemente fachada para encubrir lo que el líder quiere imponer.
No siempre que se habla de pueblo es realmente pueblo, sino grupos adeptos al líder, o personas manejadas por la propaganda, por las dádivas gubernamentales, o por otros intereses.
Como es de pleno conocimiento, la Iglesia es comunitaria, compartida, corresponsable entre todos sus miembros, sinodal, pero no es democrática; es jerárquica por institución divina. Al respecto, el Papa Francisco expresa: “La Iglesia es sensible a las transformaciones de la sociedad y se esfuerza por contribuir al bien común. Es evidente que en el mundo actual la democracia, digamos la verdad, no goza de buena salud. Esto nos interesa y nos preocupa, porque está en juego el bien del hombre, y nada de lo que es humano puede sernos ajeno”.
Hay crisis de la democracia. El poder es una fea enfermedad, incapaz de escuchar y servir a la gente. La propia palabra “democracia” no coincide simplemente con el voto del pueblo. No es sólo el voto del pueblo, sino que exige que se creen las condiciones para que toda persona pueda expresarse y pueda participar.
Y la participación no se improvisa: Se aprende de niño, de joven, y hay que entrenarla, incluso en un sentido crítico con respecto a las tentaciones ideológicas y populistas. La democracia exige siempre pasar del partidismo a la participación, de la ovación al diálogo. El asistencialismo, por sí solo, es enemigo de la democracia, enemigo del amor al prójimo. Y ciertas formas de asistencialismo que no reconocen la dignidad de las personas son hipocresía social.
No nos dejemos engañar por soluciones fáciles. Comprometámonos, en cambio, con el bien común. No manipulemos la palabra democracia ni la deformemos con títulos vacíos que puedan justificar cualquier acción. La democracia no es una caja vacía, sino que está unida a los valores de la persona.
Como católicos, debemos tener el coraje de hacer propuestas de justicia y de paz en el debate público. Tenemos algo que decir, pero no para defender privilegios. Tenemos que ser una voz que denuncia y propone en una sociedad a menudo sin voz y donde demasiados no tienen voz.
Aprendamos más y mejor a caminar juntos como pueblo de Dios, a ser fermento de participación en medio del pueblo del que formamos parte. Y esto es algo importante en nuestra acción política, incluso de nuestros pastores: Conocer al pueblo, acercarse al pueblo.
Como ciudadanos, no sólo juzguemos qué hacen los gobernantes; participemos más activamente. En tu calle, en tu barrio, en tu comunidad, haz propuestas para que haya justicia, paz, desarrollo integral y sobre todo respeto por el otro, así piense diferente.

