Por: Mauricio Fernando Muñoz Mazuera
En los últimos días, y con motivo del paro del magisterio, se evidencio una fuerte inconformidad por parte de los padres de familia frente a los procesos académicos que realizan los estudiantes en los colegios. En el ambiente queda la sensación de un “odio” en contra de los docentes y su labor, como si en ellos radicará el problema de las bajas calificaciones que obtienen los chicos en pruebas estandarizadas, dejando a un lado los demás factores que hacen parte de la formación holística del educando.
Una de las aristas del anterior paro que movilizó a los docentes es claro, hay muchos estudiantes que no se toman en serio su rol en las aulas, y van a las mismas a todo, menos a cumplir con el proceso de aprendizaje. Es así como vemos a chicas y chicos que no tienen ni cuadernos en dónde tomar apuntes o desarrollar tareas, y ante ese ¿Qué acciones puede tomar el docente frente a una apatía constante?
Algunos padres de familia confunden la labor educativa con la de un policía que debe estar encima del estudiante, y en ese proceso, corregir y transformar situaciones que ya viene mal desde casa. El docente enseña contenidos, temáticas, forma para lo que vendrá, no es a quien le corresponda sembrar valores que se aprenden en el hogar, esa es la gran verdad que los padres de familia no entienden, y que creen que es una frase de cajón.
Si el niño en casa mira que el padre le pega a la madre, pues dónde esté, lo va a hacer, si el estudiante mira como su padre gana un contrato a través de triquiñuelas, pues él va a creer que las cosas son así. En las aulas los estudiantes pasan 7 horas del día, en casa pasan el resto, y en muchos casos, ese resto se debe enfrentar a padres ausentes, no solo físicamente, sino afectivamente, entonces ese espacio termina siendo completado por amistades, vicios y excesos que generan todo menos valores en los estudiantes.
Voy a tocar un tema puntual: las tareas. Esas actividades que todos en algún momento de nuestra vida estudiantil detestamos, son un formador para los años venideros de quienes serán las mujeres y hombres del mañana. En cada uno de esos deberes, hay una pizca de responsabilidad que los docentes inculcan en sus estudiantes, y así como todo en la vida, tiene un sentido, estás tareas en el futuro se transformarán en los actividades que todos los trabajadores tenemos que desarrollar en nuestro empleo, y con los cuales se mide nuestra pertinencia laboral. Pero si desde pequeños desestimamos la realización de dichas acciones, pues en el futuro, no se nos haga extraño que el adulto no pueda desenvolverse en ningún ámbito laboral con solvencia y pertinencia.
Hay casos de casos, como aquel hijo de «papi y mami», cómo los llamamos coloquialmente, que consigue todo con dinero sin embargo, la mayor parte de nosotros no nacimos en cuna de oro, así que nos corresponderá ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, y esto solo se hace desarrollando las actividades que se requieran desde nuestros trabajos, allí está el meollo del asunto. El docente no es enemigo del estudiante, y no por una mala experiencia se puede juzgar a todo un gremio, el enemigo no es el educador, el verdadero escollo es el sistema que no permite exigir más allá a los estudiantes, aquel sistema que busca a toda costa cumplir una cuota de permanencia en aula, desestimando la calidad educativa; el mismo sistema que da veinte mil y un oportunidades a los estudiantes con dificultades para que logren superar sus deberes académicos, en detrimento de la formación del educando, quien creerá que todo en la vida es así, oportunidad tras oportunidad, atentando contra la calidad educativa.
El docente enseña, dona su vida, su juventud y vitalidad para formar a generaciones de estudiantes y en lugar de recibir el rechazo social, debería ser respetado y admirado, porque no se queda contento con solo saber, busca que dicho conocimiento se legue a otros, así como la luz de la antorcha se comparte para iluminar otros lugares.

