La tradición católica enseña que se puede proteger la dignidad humana y se puede establecer una comunidad saludable y en completa armonía, sólo si se respetan los derechos humanos y se cumple con los deberes.
Por lo tanto, toda persona tiene un derecho fundamental a la vida y un derecho a todo lo necesario para vivir con dignidad. Sin embargo, no hay que olvidar que a la par de esos derechos, hay también deberes y responsabilidades de unos a otros, hacia nuestras familias y hacia la sociedad en general.
Cuando se respeta la dignidad del ser humano, y sus derechos son reconocidos y tutelados, florece también la creatividad y el ingenio, y la personalidad el hombre puede desplegar sus múltiples iniciativas en favor del bien común.
Siempre debemos tener en cuenta que, a todo derecho le corresponde una obligación equivalente, de acuerdo con los valores de las personas y su ética, aunque cada vez es más difícil cumplir con una obligación, aunque sea fácil. Lo cómodo es exigir derechos y olvidarse de cumplir las obligaciones.
Los padres tienen que explicar muy claramente a los hijos las obligaciones humanas, porque algunos se han acostumbrado a pensar, que todos tenemos derecho a todo, puesto que no les ha hablado de las obligaciones.
Algunas naciones no pueden ser “paraíso de los derechos e infierno de las obligaciones”. Nunca ha existido esa posibilidad de conseguir derechos y no tener obligaciones, ni en las sociedades más ricas del mundo. En el primer mundo, las obligaciones suelen ser más benignas y los derechos humanos más, y más respetados.
No se pueden pedir nuevos derechos o mejorar los existentes, si previamente no se han cumplido las obligaciones ciudadanas. Por eso es necesario, ahora más que nunca, cumplir con las obligaciones que conllevan los derechos.
Observando con atención nuestras sociedades contemporáneas, encontramos numerosas contradicciones que nos llevan a preguntarnos si verdaderamente la igual dignidad de todos los seres humanos, proclamada solemnemente hace muchos años, es reconocida, respetada, protegida y promovida en todas las circunstancias.
En este sentido desafortunadamente encontramos que, mientras una mínima parte de la humanidad vive en opulencia, otra gran parte ve su propia dignidad desconocida, despreciada o pisoteada y sus derechos fundamentales ignorados o violados.
Se ha hecho habitual hablar, y con razón, sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la vivienda, al trabajo, a la familia y a la cultura. Esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida como el derecho primero y fundamental, condición de todos los otros derechos de la persona.
Es deber del estado tutelar los derechos de todos los ciudadanos, sobre todo de los más débiles. El estado nunca puede eximirse de la responsabilidad que le incumbe de mejorar con todo empeño las condiciones de vida de todos los ciudadanos.

