Que en lo que va corrido del año ya se cuenten 271 feminicidios en Colombia, no es para solo prender alarmas sino para comenzar a buscar las causas estructurales que deben de explicar el comportamiento errático de sus victimarios y de un conglomerado social que, si bien se estremece en el momento de la noticia, termina normalizando este tipo de conductas tras la disculpa o justificación patológica. Defensa casi siempre derivada de una manera de valorar la actitud del hombre frente a la mujer que se atiene a la convicción atávica de que es su propietario y por lo tanto único determinador de cuánto debe de acontecerle. Un proceder que no obedece a patrones del orden psicológico como es común tratar de demostrarlo y sí cultural, que es lo que no se h querido ni se quiere aceptar en un contexto social que defiende el apego a las tradiciones, la identidad en el marco de unas costumbres asumidas como parte importante de la formación del individuo y que otorga categóricamente roles para ser desempeñados en las diferentes actividades sociales.
Si hasta los inicios del presente siglo se había pensado que lo de machitos y hembritas era un cuento superado por virtud de un aparato educativo que se dedicó a la tarea por lograr que se aceptara ver llorar a los hombres y que nadie pusiera el grito en el cielo al encontrar a una mujer, sin quejarse por dolor alguno, ejerciendo en trabajos hasta cierto momento de la historia supuestamente propios de solo bien hombrecitos y no de nenas. Ahora vale preguntarse por lo que ha pasado, puesto que lo mostrado a diario por la prensa, lo que se ve en las calles de manera directa y lo escuchado en todo cuanto forma parte de la industria del espectáculo, no es sino el retroceso severo a lugares y espacios propios de tiempos que se creyeron superados. Todo cuanto ahora se advierte son actitudes y maneras de sentir de barbaros solo que reforzadas por un modelo de educación centrado más en la formación de personas exitosas, entendiéndose como exitosas solo si con su trabajo generan capital financiero. O sea, si facturan, sin reparar en el modo y los elementos utilizados, contándose con la instrumentalización del ser humano convertido en utensilio, sea hombre, sea mujer o de cualquier otra tendencia sexual. En ese ámbito la vida claro que pierde valor por sí misma y cualquier persona puede ser objeto de homicidio cuando se considere o que ya no es útil para hacer riqueza o cuando más deje de representarla entre una colección de joyas que bien se pueden transar.
Revisando las edades de las víctimas de feminicidio el 90 por ciento no supera los 50 años, la mayoría promedia solo los treinta. Los mismos que lleva la educación sexual formando parte del plan de estudios de todas las instituciones educativas, como catedra o como proyecto institucional transversal, es decir, componente en la programación de todas las áreas. Por lo que un resultado importante para mostrar como logro de esta catedra o proyecto debería ser el cambio de comportamiento tanto de las estudiantes como de los estudiantes en la manera de interactuar, procederes que debían y deben de rebasar los límites de la infraestructura escolar y los tiempos de permanencia en las instituciones educativas, que tendría que reflejarse en la valoración del otro y hacia si mismo como ser humano en calidad de hombre, mujer u homosexual. Porque la educación sexual no debió quedarse en la aceptación de la diversidad sexual, en el empoderamiento falso de la mujer como lo denotan los feminicidios, ni en unos cambios insignificantes solo de la gramática o celebrando la disminución del índice de natalidad. Educar es cambiar la forma de pensar. ricardo32@hotmail.com

