Mauricio Muñoz.

Alábate pato…

En un medio de comunicación de circulación nacional, se viralizó la información que en Estados Unidos, puntualmente en la ciudad de Nueva York se nombraría una calle en “honor” al cantante Silvestre Dangond. Esta calle está ubicada en un punto emblemático de la Gran Manzana, en la intersección de la Calle 50 y la 6ta Avenida, cerca del Radio City Music Hall, en cercanías a la emblemática plaza del Rockefeller Center.

Otros artistas latinos que han recibido este tipo de reconocimiento en Nueva York son el timbalero Tito Puente y el jazzero Ray Barretto, quienes fueron reconocidos con sus nombres en calles del Harlem Hispano. Así mismo, el salsero Marc Anthony, nacido en Nueva York, y, el más reciente, el rockero argentino Charly García, quien recibió el homenaje por su álbum “Clics Modernos”, en donde su portada es una fotografía de la esquina ubicada en las calles Walker St. y Cortlandt Alley.

El proceso para otorgar el nombre de una calle en Nueva York se inicia, por ejemplo, mediante una petición en change.org, un portal en el cual se postula una idea que necesita tener impulso por parte de la ciudadanía. La misma  después llega al concejo de Nueva York, quienes a través de apoyos políticos, aprueban o desaprueban la posibilidad de hacer real la petición, entonces este periplo termina siendo una lucha política, según algunos neoyorkinos, quienes miran en la otorgación de nombres de calles, el pago de favores políticos o incluso, un manejo algo oscuro, de influencias, para lograr posicionar a una persona por parte de un grupo en particular, sin que esto represente el sentir general de una comunidad tan importante, como la de los latinos en el país del tío Sam.

Ahora bien, sin ánimo de ofender a nadie ¿Silvestre Dangond representa nuestra cultura como colombianos? Mi humilde opinión es que hay otros artistas o figuras en diferentes escenarios que con seguridad han aportado más a consolidar a Colombia a nivel internacional como un lugar lleno de arte, cultura, literatura, bellezas naturales y demás, por encima de ese nefasto paradigma que nos dejaron como lastre las décadas de los 80’s y 90’s en donde Colombia era sinónimo de cocaína, mulas y carros bomba.

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No nos digamos mentiras, un gran número de estos reconocimientos se logran a través del amiguismo, conozco, por ejemplo mujeres muy valiosas en Pasto que, al no ser cercanas o conocidas de un concejal, nunca podrán tener en su casa el reconocimiento Domitila Sarasty, que se otorga a mujeres que dejan huella en nuestro municipio. Cada persona tiene su historia que contar, cada persona tiene su propia huella en el mundo, pero que valioso fuera que los reconocimientos no se dieran por amiguismos, sino por méritos, dejando a un lado ese engorroso acto de desconocer procesos o historias de vida para enaltecer a punta de dedocracia.

Lastimosamente esta situación se ve en cualquier escenario de vida, en la escuela cuando no se otorga las calificaciones en las materias por desempeño escolar, sino por alabar o desmotivar a algún estudiante, en la empresa en donde los premios se dan a los más cercanos a las directivas, o quienes crean sus propios reconocimientos para buscar ser exaltados. No hay más triste que un premio no merecido al igual que una persona destacada sin demostrar ninguna característica que lo haga de mayor valía.