Los días de Semana Santa muchas personas los aprovechan para hacer un alto en su diario transcurrir y de dedicarse a la oración, recogimiento y meditación entorno a sus actitudes y procederes con la religión que profesan y con sus semejantes.
En tanto que otras los utilizan con la finalidad de descansar y disfrutar de los más hermosos y diversos sitios turísticos existentes a lo largo y ancho del territorio colombiano.
Sea lo uno u lo otro, lo cierto es que resulta difícil olvidarse de la realidad de un país hastiado de profundos e innumerables problemas y conflictos, pero en donde la inmensa mayoría de hombres de bien sueñan con la esperanza de vivir dentro de un contexto de paz con justicia social y equidad.
Con todos los pro y los contras que para creyentes o no creyentes puede tener la vida, pasión y muerte de Jesús, se espera que estos días de la Semana Mayor sirvan para que se hagan firmes propósitos de contribuir a que cesen los odios y los rencores entre los colombianos, con la finalidad de que no continúe corriendo la sangre de gentes inocentes por los campos y ciudades.
Sin lugar a dudas, es difícil imponer normas de comportamiento y de conducta, máxime cuando cada quien tiene una visión respecto a qué es lo que quiere y desea, porque así lo ordenan y mandan sus principios personales.
Sin embargo, bajo ninguna circunstancia se puede desconocer que en cualquier sistema de convivencia social, político y económico deben darse necesariamente unas reglas y preceptos que hagan viable la consecución de objetivos comunes, nobles y altruistas que conlleven al reconocimiento de la dignidad humana, sin que este de por medio la discriminación de raza, sexo, condición sociopolítica y de credos.
De allí que, sea un compromiso obligatorio de que se respeten esas normas de convivencia, que como en el caso de la Constitución Nacional, se han estipulado con la finalidad de propugnar porque en nuestra Patria se llegue a institucionalizar de una vez por todas una sólida, real y efectiva democracia.
Sí, una democracia que sea capaz de establecer una auténtica relación de confianza entre los gobernantes y los gobernados para que se luche en forma mancomunada por el progreso y desarrollo que necesita el país y, por ende, nuestro departamento.
En tal sentido, no es mucho pedir que durante estos días de reflexión y recogimiento y que se matizan con la Resurrección de Cristo, haya un firme propósito de coadyuvar a que los colombianos convivamos como unos verdaderos hombres y no como fieras para que así sea factible abrir la senda del diálogo sincero y responsable de los actores del conflicto que dicen estar dispuestos a dialogar para buscar alternativas de solución a la violencia sin nombre que azota al territorio nacional y, en especial, al departamento de Nariño.
Pero que esos buenos propósitos no sean únicamente flor de una día y que siempre estén presentes en la mente y los corazones de un pueblo y que se vean reflejados en su actuación con el objetivo de que por fin logremos decir un día de estos la democracia con paz ha llegado y está con todos nosotros.
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