Elon Musk está en pie de guerra contra el estado de Delaware.
“Nunca registres tu compañía en el estado de Delaware”, escribió el multimillonario estadounidense en un mensaje en X el pasado 30 de enero.
Y demostró que predica con el ejemplo pues dos de sus compañías, Neuralink y SpaceX, anunciaron que dejaban de tener sus sedes fiscales en Delaware.
A mediados de febrero se supo que Neuralink -que trabaja para conectar cerebros humanos a computadoras- iba a registrar su domicilio legal en Nevada (donde ya tiene su sede X, otra empresa de Musk), mientras que la empresa aeroespacial SpaceX se reconstituirá en Texas.
Queda por ver qué pasará con Tesla, que es precisamente la razón por la que Musk quiere romper sus vínculos con Delaware.
Con una extensión de apenas 5.000 kilómetros cuadrados (similar a Trinidad y Tobago), Delaware históricamente nunca destacó por su potencial económico.
“Al igual que ahora, el Delaware de principios del siglo XX no era muy conocido. El estado mantuvo un pequeño sector de servicios y una base industrial aún más pequeña. Sin recursos naturales reales ni atracciones turísticas, el estado sobrevivía tratando de absorber negocios de quienes viajaban entre Nueva York y Washington, D.C.”, cuenta Casey Michel en su libro “American Kleptocracy: How the U.S. Created the World’s Greatest Money Laundering Scheme in History” (Cleptocracia americana: cómo Estados Unidos creó el mayor plan de lavado de dinero de la historia del mundo).
La suerte de este pequeño estado cambió, sin embargo, a inicios del siglo XX cuando el entonces gobernador de Nueva Jersey (y futuro presidente de EE.UU.) Woodrow Wilson puso fin a las políticas desregulatorias que habían convertido a su estado en el lugar más atractivo de Estados Unidos para fundar una empresa gracias, entre otras razones, a que ni siquiera se les exigía que operaran en su territorio.
